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Soledad temida, soledad buscada

Publicado por María Gómez

A lo largo de la vida pueden acontecer episodios que nos conduzcan, voluntaria o involuntariamente, a estar solos. En primer lugar, tendremos que diferenciar entre estar solos y sentirse solos. Es una percepción del todo subjetiva puesto que es posible estar solo pero no sentir soledad y, también ocurre que uno se sienta solo aun cuando sus relaciones personales, de amistad, familiares o laborales son, a priori, satisfactorias.

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Resulta sustancial para determinar el efecto en la persona la consideración de la soledad como algo elegido voluntariamente o no. En ocasiones, la soledad puede ser hasta terapéutica cuando una persona necesita tomar perspectiva sobre algún aspecto de su vida. Separarse en espacio y tiempo de la fuente de estrés o ansiedad ayuda a analizar la situación y a buscar las posibles soluciones.

Cuando la soledad produce tristeza, angustia o pesar, nos embarga la sensación de estar perdidos, de vagar por la vida sin rumbo. Necesitaremos, entonces, apoyarnos en las personas especialmente significativas para nosotros y, si se requiere, buscar ayuda profesional que nos oriente en cómo gestionar y afrontar esa soledad impuesta.

En la actualidad, ha aumentado a un ritmo trepidante el número de personas que viven solas en el mundo. A fuerza de inculcarnos el valor de la individualismo, de la independencia, como aspectos positivos, modernos, propios del siglo XXI, el ser humano está perdiendo experiencias sociales y familiares de gran valor moral, educativo y vital a cambio de disfrutar de una “libertad” integral. La libertad de uno se encuentra en el interior, en la intimidad de uno mismo, no en las circunstancias que nos rodean.

Al final, el hombre es un ser eminentemente social, necesita de los otros. No solo para apoyarse los unos en los otros, sino para cuidar y mantener nuestra salud mental en óptimas condiciones. Si la enfermedad irrumpe en la vida de alguien, la soledad del paciente se suma a la del cuidador. Por tanto, no cerremos los canales de comunicación en circunstancias menos agradables porque es justamente en esos momentos cuando debe ser máximo el intercambio.

Normalmente, la soledad es circunstancial, pasajera por lo que el aislamiento no provocará daños psicológicos importantes. Pero cuando se trata de una situación duradera, el deterioro personal puede acarrear consecuencias tales que pueden ser insalvables.

Por tanto, si te tropiezas con la soledad, admite tu situación y empieza por ser sincero contigo mismo. Éste será el primer paso para recuperar tu equilibrio. Mira hacia tu interior con franqueza y con naturalidad. Busca nuevas relaciones haciendo uso de tu iniciativa para participar de ciertas actividades propicias para las relaciones sociales como gimnasio, grupos de senderismo, incluso las redes sociales. No dejes que el victimismo frene tus actuaciones y te limite.

En realidad, no somos bichos raros ni la mala suerte se ha cernido sobre nosotros. Todos hemos sufrido algún capítulo relacionado con la soledad que nos permite empatizar en mayor o menor grado con otros seres humanos, en ese sentido. Sobre todo, no ignores la situación, atiéndete, cuídate. Seguramente, serás la persona que mejor desempeñe esa tarea.

 

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