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Emplear el castigo

Publicado por María Gómez

Estamos en la era de la educación dialogada, razonada, en la que se debe evitar el sufrimiento infantil a toda costa utilizando el refuerzo positivo siempre que se tenga la oportunidad. Esta afirmación es totalmente cierta y debemos procurar llevarla a cabo. No obstante, no es aconsejable desterrar el castigo como técnica de modificación de conducta ya que, correctamente empleada, resulta muy efectivo. Por tanto, dejemos de reprobar moralmente a aquellos educadores que hacen uso del castigo para contener o paralizar una conducta inmediatamente que puede ser hasta peligrosa en casos extremos.

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Además, resulta imprescindible separar el concepto de castigo de la idea de que tiene un componente físico inherente porque no es así en absoluto, al menos en el 99% de los casos.

Su objetivo principal es reducir la asiduidad de ciertas conductas no deseables lo antes posible y con el menor perjuicio. Por consiguiente, se torna indispensable conocer el profundidad las claves para aplicar correctamente esta técnica. En primer lugar, el castigo debe ser contingente a la conducta susceptible de ser eliminada. Ésto es, el castigo debe ocurrir inmediatamente después de la aparición de la conducta no deseada.

Para que se generen conductas alternativas deseables, habremos de proporcionar refuerzos positivos tras su aparición. Por otro lado, es preciso considerar que la utilización del castigo extremo está sujeta a situaciones que entrañen algún peligro inminente para el propio sujeto que haya que erradicar inmediatamente.

Es importante resaltar el hecho de que el castigo no actúa como generador de aprendizaje por lo tanto no debe concebirse como una herramienta para adquirir nuevos comportamientos.A su vez, el reclamo que utilizaremos para aplicar el castigo tendrá que tener una naturaleza sorpresiva ya que si el receptor ya está habituado a él, su poder se verá seriamente debilitado.

Procede incluir en la sección de castigo todo aquel estímulo cuya presencia neutraliza la respuesta inadmisible así como la erradicación de un estímulo placentero.

La aplicación del castigo requiere un modo de actuar concreto. Paradójicamente, la calma debe dominar a la persona que suministre la técnica ya que ésto garantiza su efectividad y que la persona receptora no se sienta confundida por la ira o la frustración de quien emite el castigo. Bajo las condiciones negativas de aplicación, lo más probable es que la conducta no deseada se repita nuevamente e incremente su intensidad, alterando la consistencia. En consecuencia, sería conveniente recibir entrenamiento para aplicar el castigo de forma óptima en aras de conseguir el objetivo minimizando daños a nivel global.

Con respecto al receptor del castigo, es conveniente hacerle consciente, mediante la verbalización, de las conductas que queremos eliminar y de cuál será el castigo contingente a las mismas. En cuanto ocurran, se deberá administrar el castigo, siempre.

Entonces, estamos ante un tema controvertido que ha de ser tratado con seriedad y profesionalidad. El principio bajo el que se rige es aquel que pone la mirada sobre la conducta a eliminar o inhibir, no sobre la persona. Por tanto, no procede entrar en descalificaciones personales ni en abusos por parte del castigador.

 

 

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