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Que no te domine la inseguridad

Publicado por María Gómez

Desde edades temprana sabemos lo que es sentimos inseguros. La inseguridad se representa por un yo débil y sugestionable que conduce al temor por realizar cualquier actividad ya que la persona se considera incapaz.  Sin embargo, ser inseguro no lleva aparejado ser incapaz.

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El cine utiliza con frecuencia al personaje inseguro presentándonos lo como un ser frágil y vacilante, invadido  por las dudas pero siempre consciente de su propia debilidad. A pesar de todo ello, se suele retratar como una persona simpática.

Cuando uno experimenta la inseguridad encuentran conflicto y malestar constantemente y en diversas situaciones y las consecuencias y efectos de este estado suelen ser incómodas. La persona insegura se siente presa de las siguientes adversidades:

Presentan un rendimiento disminuido en relación a su capacidad porque no mantienen un nivel de seguridad en sí mismos suficiente como para desarrollar al máximo sus capacidades.

Es frecuente que presenten dependencia afectiva ya que necesitarán apoyo constante de su entorno más próximo.

Aunque no apariencia no lo muestre, La persona insegura tiene sentimientos de inferioridad y manifiesta una gran sensibilidad a los comentarios de acciones de otros con relación a él. Estos de afectan de un modo directo y agudo.

Ante ciertas actividades, el inseguro aplica conductas evitativas ya que el solo pensamiento de tener que hacerla le produce tensión y agitación interna.

Ya que suelen permanecer en silencio y, a veces, se aíslan, suelen tener cierta tendencia a la timidez y la soledad, de este modo, evitan que los demás puedan descubrir su autodenominada y autoimpuesta “ Incapacidad”.

Finalmente, también sienten una cierta inclinación a la culpabilidad  y padecen remordimientos cuyo origen suele ser incierto, derivados de la dificultad para analizar la situación con objetividad debido a la inseguridad experimentada.

En la mayoría de los casos la inseguridad es la cara pública de una baja autoestima.  Si se infravalora, tiende a realizar tareas de calidad inferior y al percibir los resultados como pobres la creencia que queda reafirmada por tanto continúa el círculo del fracaso.

Con el fin de revertir este sentimiento,  apelamos a la capacidad de cambio del individuo. No decimos que sea sencillo pero si afirmamos que puesto que se trata de una de un hábito emocional tendremos que modificar las tareas inherentes a ese hábito por otras que nutran nuestra autoestima y la asertividad.

Actividades relacionadas con practicar la sociabilidad,  buscar la independencia en los afectos,  valorar tus triunfos de tus logros y de tus virtudes, ser disciplinado no huir del esfuerzo y tener un marcado sentido del deber, ayudarán a que la inseguridad vaya dando paso a una seguridad que nos permita avanzar de un modo más libre.

Comienza a acostumbrarte a no quitarte mérito y a no culparte por tus fracasos.  Lo ideal es encontrar el punto de equilibrio entre la prepotencia y la inseguridad. Conforme vayas poniéndolo en práctica, irás ajustando la balanza. Y, por supuesto, quererse mucho a uno mismo y dejar de ser tan duros con nosotros mismos en nuestro diálogo interior. No existe un mal comienzo, verdad?

 

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