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La Sexualidad Femenina-Segunda Parte

Publicado por Malena

Es un tema que a las mujeres domina, la sexualidad femenina.

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A pesar de la aparente libertad sexual femenina, las cosas parecen no haber cambiado mucho en general para las mujeres, dado las dificultades que experimentan para disfrutar del sexo.

Antiguamente, algunas mujeres tenían oportunidad de vivir la experiencia de un amor romántico, pero la gran mayoría recién conocía el amor después de casada, en la más absoluta ignorancia, muchas veces ligadas a matrimonios arreglados por la familia, con alguien a quien apenas conocían.

La libertad sexual comienza después de la segunda guerra mundial, cuando la juventud se aferraba al slogan “hagamos el amor y no la guerra”, y cuando la mujer se afirmaba definitivamente en el mercado laboral después de haber tenido que salir a trabajar y ocupar los puestos de trabajo que dejaron los combatientes para participar en la contienda.

La pastilla anticonceptiva equiparó la mujer al hombre protegiéndola de los embarazos no deseados; y el peligro del HIV los expone a ambos a los mismos riesgos.

Todos estos acontecimientos históricos le dieron la oportunidad a la mujer de liberarse de antiguos tabúes, pero no alcanzaron para que pudieran disfrutar de la sexualidad como el hombre; porque el factor cultural, que aún subsiste, es el que principalmente las condiciona.

Aunque el rol de la mujer ha cambiado mucho, todavía en el seno de los hogares y en la conciencia, permanecen los mismos valores.

Todavía el hombre busca para casarse a una mujer como su madre o como le gustaría que fuera su madre, y la mujer busca un hombre como su padre o como hubiera deseado que fuera su padre.

Las mujeres que eligen no casarse, por lo general, no suelen vivir una sexualidad muy diferente y es frecuente que también, aunque no se casen, intenten establecer vínculos estables.

Las investigaciones más modernas han demostrado que las mujeres no se excitan sexualmente igual que el hombre. Ver a un hombre desnudo no es para ellas un motivo de excitación pero sí puede excitarlas ver el acto sexual.

Una mujer no puede separar su idea de lo que debe ser la mujer y lo que realmente siente; en tanto que los hombres no tienen esa limitación y la sexualidad para ellos se reduce a sus genitales.

La disociación que logra el hombre entre el deseo sexual y los sentimientos no es el único camino que las mujeres tienen necesariamente que seguir para lograr disfrutar del sexo.

Porque disfrutar del sexo no es incompatible con los demás roles de una mujer ni con sus sentimientos.

Vivir el sexo como una función orgánica placentera, desprovista de motivación y contexto, y vacío de vínculo, es una parte de un proceso humano inacabado, y la mujer necesita significados.

La sexualidad femenina no puede centrarse únicamente en los genitales, sino que abarca todo el cuerpo. Toda su piel, que es el órgano más grande que tienen los humanos, participa esencialmente como zona erógena.

El deseo femenino se despierta a partir de las sensaciones que recibe todo su cuerpo y de las palabras que escucha, mientras que un hombre puede reaccionar sin dificultad con lo que ve, puede ser tanto una mujer desnuda como un hombre.

Esto no lo transforma en un homosexual, porque somos seres portadores de los dos sexos; es una posibilidad latente que existe naturalmente en todos los humanos.

Los tiempos del hombre y la mujer son diferentes. El hombre puede gozar del sexo en diez minutos o menos, y la mayoría de los hombres tienen que aprender a contener la eyaculación; en cambio la conducta sexual de la mujer es más compleja, necesita más tiempo, más dedicación y un significado.

Una mujer jamás podrá ser como un hombre, no sólo sexualmente sino bajo ningún punto de vista y eso es admirable; porque no tiene por qué serlo.

Los dos sexos tienen cualidades propias que son inherentes a ellos y que por alguna razón no pueden igualarse.

Cuando la identidad sexual no se puede aceptar y la atracción por personas del mismo sexo llega a confundir, se compromete toda la identidad y sólo se logra la caricatura de si mismo, una máscara que no es auténtica.