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La Autoridad en la Escuela

Publicado por Malena

La Autoridad en la Escuela

Ejercer la autoridad en la escuela no es mandar, es organizar, disciplinar, respetar a los alumnos y hacerse respetar.

En los últimos años las escuelas primarias y los colegios secundarios se han convertido en el centro de atención pública. La violencia de los alumnos entre ellos mismos y contra los maestros es cosa de todos los días.

La prevención en una sociedad siempre ha sido la mejor manera de preservar el bienestar y la integridad física de sus habitantes y de mejorar la convivencia en todos los ámbitos.

El cambio de actitudes y comportamiento tanto de los padres como de los maestros y profesores se hace indispensable para terminar con este flagelo que nos avergüenza a todos.

Los niños y los adolescentes en la actualidad no tienen referentes para identificarse, desconocen las jerarquías y la necesidad del cumplimiento de reglas para la convivencia.

Los hogares han perdido la comunicación; los padres no tienen tiempo para escuchar a los hijos y están demasiado cansados para mantener la organización de su casa y para cumplir y hacer cumplir los roles.

Los líderes tienen naturalmente el don de la autoridad, pero no todos los que tienen capacidad de liderazgo tienen éxito con sus subalternos, sólo algunos de ellos son los que se destacan y son verdaderamente respetados, porque son los que logran trascender el deseo de aprovecharse de su rango para someter y humillar.

La autoridad no es otra cosa que un rol que hay que aprender a ejercer, no sólo para obtener resultados con los subordinados sino también para poder desempeñar con éxito cualquier tarea.

Los padres no necesitan tiempo extra para hacer respetar las jerarquías en el hogar; porque sólo se trata de cambiar actitudes.

Una casa es como un barco, tiene que tener un timón firme para no ir a la deriva y además una organización que permita cumplir a cada uno su tarea con disciplina y entusiasmo.

El padre y la madre son los encargados de poner las reglas y todos en la familia deberán respetar esas reglas, en primer lugar ellos mismos.

Los hijos desconocen las normas que no son respetadas por sus padres, incluso las que rigen en la sociedad en que viven y que sus progenitores no respetan.

Ejercer la autoridad no habilita a gritar o a insultar ni a faltar el respeto a los hijos, sino sólo a imponer penitencias que no sean demasiado difíciles de cumplir, ni para los padres ni para los hijos.

Las reglas no deben diferir demasiado de las que rigen en su comunidad, porque esas diferencias son las que provocan las contradicciones más difíciles de resolver por los menores.

Las normas del hogar se establecen para ser cumplidas y no pueden ser cambiadas en forma arbitraria según intereses eventuales de los dueños de casa, ya que los cambios atentan contra su cumplimiento.

Los gritos, los insultos y el castigo corporal producen una consecuencia; habilitan a los hijos a hacer lo mismo; y si no pueden expresar sus emociones negativas en el hogar, trasladarán a la escuela la agresividad reprimida para descargarla contra sus compañeros y principalmente con la maestra o los profesores que son los que representan a sus padres.

La dirección de la escuela tiene el rol de dirigir a los docentes, enseñarles el rol, comprometerse con su tarea y estar dispuesta a imponer disciplina según las normas de la institución y con su criterio, sin dejarse manipular por los padres de los alumnos.

Para un director de una institución educacional el costo de las decisiones es más grande y es allí cuando cuesta más jugarse por las propias convicciones, resultando más fácil doblarse que mantenerse.

Para que maestros y profesores puedan mantener la disciplina en clase, deberán identificar a los cabecillas que lideran los grupos molestos, y ubicarlos en los primeros asientos, para mantener el control y al mismo tiempo tener la oportunidad de hacerlos participar en clase incentivando su interés y su motivación.

Desde el primer día los maestros y profesores deberán fijar las normas de comportamiento, que deberán ser cumplidas tanto por los alumnos como por ellos mismos; como por ejemplo: dejar todos los celulares sobre el escritorio del docente, incluyendo el de él mismo

El maestro o profesor siempre debe dar el ejemplo, porque los niños y adolescentes se identifican con ellos.