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Síndrome de Estocolmo

Publicado por María Gómez

Imagina que un día te secuestran. Te mantienen retenida durante unos meses a lo largo de los cuales pasas de sentir miedo, pánico, o angustia, a caer enamorada de uno de tus secuestradores. Ésta es la situación más extrema que se puede dar al sucumbir al Síndrome de Estocolmo.

Se especula sobre la posibilidad de que la mente actúe de esa manera para poder “sobrevivir” a una situación de enorme indefensión. Si te alías con los captores, percibes cierto control de la situación lo que deja de convertirte en víctima. En caso de experimentar protección, estarás entonces, de manera inconsciente, negando o eludiendo cualquier atisbo de intimidación o amenaza.

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Cuando consiguen salir con vida tras el rapto, el rehén puede sentir una especie de agradecimiento hacia sus secuestradores por haberles dado la oportunidad de seguir viviendo, exaltando cualquier ademán amable que éstos hayan transmitido.

Es por ello, que también se explica este síndrome como un mecanismo de defensa ante la imposibilidad objetiva de poder defenderse de una situación de sometimiento, que es la conducta instintiva de cualquier ser humano. Entonces, con el fin de prevenir un impacto psicológico descomunal que destruya el equilibrio psicológico, el secuestrado busca cualquier tipo de identificación con su secuestrador. Además, estas actitudes deben prolongarse en el tiempo para que pueda ser considerado que la persona sufre síndrome Estocolmo. Se trataría entonces de una especie de estrés postraumático con la diferencia de que el estrés del cautivo se canaliza con sentimientos de aprecio hacia las personas que lo mantuvieron en cautiverio, mientras que el estrés postraumático natural se vive con gran desesperación, desconsuelo y tormento, rechazando de pleno cualquier atribución positiva al trance en cuestión.

La recuperación de las personas que han sufrido el síndrome de Estocolmo suele ser buena pero dependerá de diversos factores tales como las particularidades de la situación traumática vivida, la duración de la misma, y las características personales del secuestrado. Normalmente, cuando la víctima supera esta situación aparece en ella un significativo sentimiento de incredulidad hacia su propia conducta en aquellas en aquellos momentos.

Por otro lado, existen diversas circunstancias en las que tiene lugar este síndrome que no tienen que ver con el secuestro. Nos referimos a cualquier tipo de relación que implica control, subordinación y/o intimidación de una persona con respecto a otra. Por ejemplo, en casos de maltrato a niños y mujeres, procesos de sometimiento al entrar en sectas, al convertirte en prisionero de guerra, incluso en el mundo de la prostitución.

El mundo del cine es proclive a utilizar de manera recurrente este síndrome en el desarrollo de tramas por la complejidad que este estado psicológico conlleva. Han intentado plasmar los efectos y las consecuencias a nivel social y familiar que se desencadenan tras su aparición. Por tanto, si alguna vez alguien cercano a ti tiene la mala suerte de experimentar una situación de cautiverio involuntaria , no le taches de “enfermo” mental o de desviado. Es sólo un estado fruto de una experiencia emocional brutal que difícilmente puede ser comprobada si no es vivida en primera persona.

 

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