Psicología

Inicio General El Parto en los Animales

El Parto en los Animales

Publicado por Malena

Algunas conductas de los animales con respecto a sus crías pueden resultar, para los humanos, aberrantes, pero cada comportamiento animal sirve a un propósito específico para la supervivencia.

Sólo quienes tienen la oportunidad de conocer bien la vida de los animales pueden comprender al hombre y protegerlo contra los daños que pueden producir las manipulaciones científicas.

el parto en los animales

Hace unos años, algunas clínicas privadas aplicaban una inyecciones a las parturientas que atrasaban el parto unos días, método biológico copiado de la naturaleza, para evitar que los médicos tuvieran que trabajar los fines de semana.

Cuando se sospechó que este procedimiento podía estar afectando a los bebés, se interrumpió su aplicación, ya que por alguna razón, parece ser una técnica no apropiada para los humanos pero si para los animales.

Los que desarrollaron este tratamiento no tuvieron en cuenta las circunstancias ambientales en las que la naturaleza recurre a este método, por cuestiones de supervivencia.

Tanto las jirafas como las cebras, los antílopes y otros animales que pueden ser víctimas del ataque de las fieras, tienen la capacidad de determinar voluntariamente el momento del parto dentro de un período de doce horas.

Esta posibilidad les permite retrasarlo en el caso de presentir la amenaza de un peligro inminente.

Se cree que el estrés que produce esta alarma, produce ciertas hormonas que atrasan el parto.

Una jirafa de 5,80 metros de altura tiene el parto de pie, y el hijo, que mide casi dos metros de altura, cae al suelo desde una altura de más de un metro y medio; pero el hecho de que su cabeza casi toca el suelo cuando todavía las patas traseras aún no han salido fuera del cuerpo de su madre, hace que su caída se amortigüe.

La cría del perezoso también corre el riesgo de caer porque su madre se cuelga de las patas traseras. Para evitar los efectos de la posible caída, los otros perezosos del grupo rodean la escena del parto, colocándose debajo para aminorar el riesgo.

La naturaleza también dispone que todos los animales que tienen actividad diurna tengan a sus crías de noche y los nocturnos de día. La razón es que durante las horas de descanso el parto es mejor tolerado tanto por la madre como por el hijo.

Las hembras murciélago permanecen colgadas de las patas traseras para parir a sus crías, sujetándose con las garras que sobresalen de las alas. De esa manera, su cuerpo se transforma en una especie de cuna para sus crías, que continúan atadas al cordón umbilical hasta que estén suficientemente crecidas, que es cuando sus madres cortan con sus dientes los cordones y se deshacen de la placenta.

Los elefantes, bisontes, delfines, morsas, ciertos monos y otros animales, tienen auxiliares de parto.

En el caso del ratón espinoso, cuyas crías son muy grandes y el parto es muy doloroso porque las crías nacen en posición inversa, la mortandad sería demasiado elevada sin la ayuda de una comadrona.

Las ayudantes de parto de estas colonias forman una institución firmemente establecida. Si el parto es muy prolongado, una de las auxiliares sujeta con los dientes la parte trasera de la cría a medio salir y tira de ella en el instante preciso que la madre puja; y a veces las comadronas también pueden cortar el cordón umbilical. Cuando la cría finalmente ha nacido todas las ayudantes la lamen y limpian.

Este servicio lo prestan solamente las hembras que han parido por lo menos una vez, porque las que no lo han hecho permanecen indiferentes.

Si la madre muere en el parto la cría es adoptada por las comadronas.

Las crías de los delfines nacen vivas bajo el agua incapaces de valerse por si mismas. Morirían ahogadas si no asistieran al parto varios delfines comadronas deseosos de ayudar, que llevan al exterior a la cría para que respire.

Para la mayoría de los animales el parto es tan doloroso como para los humanos, con la diferencia que ellos no se quejan ni se lamentan porque su instinto se lo impide, ya que sus gritos les revelaría su presencia a los depredadores.

Fuente: “Calor de Hogar”, Vitus B. Dröscher, Ed. Sudamericana/Planeta, Argentina, 1985.

Categorías: General