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El poder del perdón

Publicado por María Gómez

Somos testigos a diario de actos con un grado de violencia de un ser humano a otro de tal magnitud, que realmente asusta. Asusta pensar que la maldad está presente entre nosotros y que se manifiesta cuando menos te lo esperas. De hecho, nos marca de tal modo que, en cierto modo, dejamos de ser nosotros. Nos abandonamos a la sensación de que, una vez «heridos», jamás podremos a curar esa llaga. Por fortuna, no es así. Cuando decidimos perdonar a alguien, ni siquiera es necesario que esa persona sea consciente de que ha recibido nuestro perdón para sentirnos aliviados. Podemos decir que se trata de un acto incondicional.

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En ocasiones, los autores de ese dolor, somos nosotros mismos. La naturaleza humana es cruel a veces, y nos lo hace saber  permitiendo que nuestros errores, fallos, o desaciertos nos acierten de lleno haciéndonos sufrir en primera persona las consecuencias. La ofensa también puede proceder de nuestro fuero más interno en forma de pensamientos, sentimientos o deseos que no consideramos pertinentes o incluso que pensamos que se desvían de lo que se establece como normal. En este caso, el perdón está totalmente condicionado por factores como la personalidad del sujeto, las consecuencias de su actos, y imposibilidad de alejarse o huir de sí mismo.

Otras veces, las circunstancias son las que originan los odios o las tensiones que pueden interferir de forma importante en nuestra vida. Nos dedicamos a buscar las causas del suceso, a culpar a quien se nos ponga por delante aunque en el fondo sabemos que es la situación misma la que nos está generando un pequeño martirio.

Nos encontramos, pues, ante lo que Enright denominó «la tríada del perdón».

Puesto que habremos de aprender a convivir con el hecho de que las personas nos agraviamos unos a otros sin cesar, hoy reivindicamos el poder del perdón. Existen suficientes indicadores de que las personas que mantienen una inclinación positiva a autoperdonarse, gozan de una mejor autoestima, se sienten satisfechos con la vida y mantienen un bienestar psicológico considerable, y viceversa. Además, resulta que es un ejercicio de autosuperación puesto que se toma la decisión de no vivir en el resentimiento aun cuando el dolor por el daño causado sea importante. Y ésto supone un gran esfuerzo y un afán de cambio enormes.

En realidad, cambiar la perspectiva del proceso de autoperdonarse ayuda a facilitar su aparición. Se trataría de considerarnos no como alguien que debe dar el perdón, sino como el receptor del mismo.

Cuando somos nosotros los que cometemos las ofensas solemos experimentar cierto malestar emocional, aunque hay individuos que no lo sienten, lo que les lleva a repetir las conductas ofensivas. Nuestras respuestas posteriores oscilan entre la justificación del acto evitando asumir la responsabilidad, extremar la culpabilidad de uno condenándose y avergonzándose, a confrontar el daño causado restaurándolo con algún tipo de compensación. En el último peldaño del proceso se encontraría el cambio comportamental del sujeto.

A pesar de que pudiera parecer un tema de gran importancia  en el ámbito psicológico, su estudio ha sido arrinconado bien por estimar que es más una responsabilidad ejercida por el ámbito teológico, o por la ausencia de mecanismos clínicos apoyados empíricamente para su uso en las terapias.

 

 

 

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