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La Psicología y Los Viajes

Publicado por Malena

Los viajes son fuente de placer, aunque se trate de un viaje de negocios o de una visita familiar. El solo hecho de estar en un aeropuerto, o en una estación de ferrocarril o en la Terminal de ómnibus ya le produce a la mayoría la sensación de estar a punto de pasar a otra dimensión. La dimensión del viajero a punto de comenzar una travesía.

La Psicología y los Viajes

La actitud cambia y también el comportamiento. Las personas suelen sentirse más libres, tienen la rara impresión de ser otros, diferentes, dispuestos a emprender un viaje que tiene más de imaginario que de realidad.

Como nadie se conoce, se puede fantasear otra identidad, y hasta sentir que el vecino de asiento es más un compinche que un desconocido, también jugando a ser otro.

En un viaje la gente suele hacer cosas inexplicables; como contarle al de al lado toda su vida sin vueltas, con todo detalle, como si fuera un psicoanalista, y terminar siendo más amigo de él que de ningún otro que haya conocido, con la única diferencia que cuando termina el viaje ambos se dan cuenta que ni siquiera se preguntaron el nombre o su teléfono y es así como las dos imágenes se disuelven como la de un sueño al llegar a destino.

Son dos personas que se encuentran, y sin preguntarse nada, solamente por el hecho de compartir el mismo asiento, se sienten inclinados a realizar ambos la misma catarsis. En psicología esta situación se considera terapéutica, por lo que un viaje largo se paga solo porque le ha ahorrado al viajero una consulta al psicólogo.

En los viajes nadie quiere continuar siendo el mismo ser gris que habita una gran ciudad, casi tan anónimo como los gorriones que pululan entre los árboles. Quieren destacarse un poco, conocer gente nueva, hacer cosas diferentes e ir a lugares que no acostumbran.

Aunque se trate de un pueblo a sólo doscientos kilómetros de la Capital, igual se puede notar que todo es muy distinto. Ellos, los residentes, se parecen, tienen muchas cosas en común, pero a los forasteros los distinguen desde lejos.

Los de la ciudad caminan con cierto aire altivo como si fueran superiores, como si se las supieran todas y ya estén de vuelta. Es la actitud típica de los habitantes de las grandes ciudades que suelen mirar con cierto desdén a los del interior, como subestimándolos, como si fueran de otro planeta.

Todos dicen que la gente del interior es más buena, más inocente, sin malicia ni ánimo de jugarle sucio a un viajero; y es verdad, eso se puede comprobar cada vez que visitamos una provincia.

Los niños en las escuelas son más educados, aceptan las consignas, respetan más a los maestros que los niños de las grandes ciudades, que son más indisciplinados, más rebeldes, menos dispuestos a aceptar las normas, acostumbrados a hacer lo que quieren.

Dicen que la gente del interior vive como hace cien años. Algunos no tienen televisión, otros sólo ven los canales de aire y no demasiada gente tiene Internet o cable.

Ellos viven de otra forma, tienen más tiempo para comunicarse, para visitar a los familiares, festejar los cumpleaños o simplemente para tomar mate con el vecino que es para ellos como alguien de la familia. No tienen que hacer tantas colas, viajes largos, o esperar su turno en todos lados.

Sólo los viajes permiten darse cuenta de todas estas cosas. Principalmente de todo lo que se pierde el sufriente ciudadano de una gran urbe, como este querido Buenos Aires.

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