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Los secretos familiares y su influencia.

Publicado por Lic. Maria V.

Todo aquello que permanece oculto, silenciado y censurado, se abre camino a pasos agigantados en el ámbito de lo inconsciente. Cerrando la puerta a un contenido, no hacemos que desaparezca, sino que le permitimos proliferar fuera de nuestro alcance. Esto es precisamente lo que ocurre con los «secretos familiares».

El ocultamiento de ciertos hechos familiares produce un efecto contrario al que se pretende. Ese contenido cobra mayor fuerza y se manifiesta a través de las generaciones, pudiendo generar síntomas o conductas en miembros de la descendencia que no han tenido contacto directo con el asunto en cuestión, pero que, de algún modo, lo reviven.

Los secretos familiares están ubicados en el terreno de lo «no dicho», de lo inconsciente familiar, potenciando aún más las transmisiones transgeneracionales del contenido oculto.

En épocas anteriores, aunque aún hoy sucede, los secretos familiares eran muy frecuentes porque permitían ocultar aquello que se consideraba que «manchaba» de algún modo la reputación o el nombre familiar. En estos contextos, las apariencias se vuelven esenciales, y se busca mantenerlas impolutas cualquiera sea el medio. Todo aquello que entorpece esta imagen que se busca sostener, se oculta. Sin embargo, y como ocurre con todo lo reprimido, esto nunca queda así, y el contenido se vuelve aún más fuerte manifestándose de múltiples formas.

Hoy por hoy se conoce un poco más la importancia del poder poner en palabras, y sus efectos sobre la vida psíquica. La terapia por la palabra es un símbolo de esto mismo. Al hablar de un acontecimiento, permitimos tramitar su afecto, lo procesamos, lo metabolizamos, y es la mejor manera de superarlo. 

Antes se creía (reitero que aún , aunque en menor medida, hay quienes sostienen esto) que cuando algo terrible y traumático sucedía lo mejor era no traerlo a la mente, olvidarlo, dejarlo a un lado que solo se extinguiría. Tenemos ya más que suficientes datos empíricos para saber que esto no es así, sino todo lo contrario. No hablar ni transitar lo doloroso, sólo lo recrudece aún más.

Y además de que lo recrudece, eso que pretende ser olvidado cobra más fuerza en el inconsciente, transformándose en un contenido de transmisión asegurada a las generaciones posteriores. La descendencia, se encontrará entonces intentando lidiar o dar respuesta a un conflicto del cual no tiene idea. 

Por esto es muy importante estar atentos a este tipo de contenidos «secretos». Uno de los trabajos más importantes de la Adolescencia implica poder recabar en la propia historia tanto personal como familiar. Esta especie de recorrido en el propio árbol genealógico, que el adolescente frecuentemente encara con preguntas, y pedidos de anécdotas sobre la historia familiar, muchas veces choca contra esos secretos que hasta sus mismos padres desconocen.

Conocer la propia historia es sin duda el terreno de base necesario para armar de ahí en más la proyección futura. Y para eso es necesario verbalizar, dialogar, y cuestionar contenidos pertenecientes al pasado. Si esto no ocurre perpetuamos muchas veces, como mencionamos en artículos anteriores, mandatos, ideas, valores y conductas que no nos corresponden y que tampoco sabemos de donde vienen.

Historizar es una manera de concientizar fragmentos, discursos de nuestra historia familiar y social que nos sirven como material disponible a ser metabolizado, nos posibilita elegir, qué camino propio construir a parte de allí; qué sostener y qué dejar a un lado.

Los secretos impiden verdaderamente que este trabajo se pueda llevar a cabo. Nuestra historia es un conjunto de discursos e imágenes, y los que faltan son inaccesibles y aún más fuertes.

 

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