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El «menfotismo» psicoanalítico

Publicado por Betina Ganim

La propuesta de Jaques Alain Miller en relación al «aggiornamiento» de la práctica psicoanalítica en este siglo, es algo que me cuestiona particularmente en el sitio donde la inscribo. Un lugar donde el psicoanálisis es más bien un forastero.

La cuestión es cuando este prejuicio parte de quienes practicamos el psicoanálisis, corriendo el riesgo de adaptarnos y caer en lo que llamo el “menfotismo psicoanalítico”.

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El menfotismo alude a “una resistencia pasiva, de no-reaccción, de inhibición, de falta de compromiso, de conformidad acomodaticia. El legado que dejó la cultura árabe pesa mucho en el «ser» mallorquín, y esta actitud «menfotista» es muy parecida a aquella máxima árabe que reza ‘siéntate en el portal de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo’: no «luchar» contra el enemigo sino esperar a que «caiga».

Una pregunta que me concierne como practicante del psicoanálisis es: ¿cómo operar, siendo foraster, en una ciudad de la que, sin embargo hay que hacerse responsable? ¿Cómo no caer en el “menfotismo psicoanalítico”? Lacan da una pista al comienzo de su enseñanza:

Y mi pregunta no es solo en lo que atañe a los pacientes, sino a lo que como practicantes del psicoanálisis nos confrontamos cada día.

Partiré entonces de un acontecimiento de mi práctica; un real que me confronta con que lo que es foraster es justamente aquello que causa mi práctica: el psicoanálisis.
Como primer efecto: la escritura, como respuesta a un malestar íntimamente relacionado con los retos a los que el real de mi práctica, en este siglo y en este lugar, me confronta.

Es el marido quien me llama, queriendo contarme de las «crisis» de su mujer. Mi primera intervención fue: que hable ella. Coge el teléfono y me pide que vaya a verla, que ya no es capaz de controlar sus crisis. Un real imposible de soportar; un síntoma que había ya sido tratado por una cantidad importante de médicos, pero nunca había sido abordado por “un psicólogo”, dice, hasta dar conmigo…

El primer y único encuentro con Ella se llevó a cabo en la clínica donde estaba ingresada hacía varios días, casi podría decir “junto al lecho del enfermo” -si no fuera porque la habitación incluía un salón muy cómodo, donde ella me esperaba junto a su marido y su hija. Pedí quedarme a solas con ella, y la escuché. Otra escucha.

Se trata, sostengo, del deseo del analista en reinvención.

¿Qué puede ofrecer el psicoanálisis a diferencia de los otros tratamientos? Primero, escuchar lo que Ella tenía para decir; poner el cuerpo e ir a verla, enmarcar su decir con este acto.
Retomando la propuesta de J-A Miller de “reinventar el deseo del analista” ¿Cómo hacerlo sin caer en esta que puede ser otra de las características del psicoanalista del siglo XXI: el menfotismo, adaptándose, desde esa “resistencia pasiva” a la “lengua del Otro”?

Guy Briole plantea que el “psicoanalista moderno” confunde el “deseo del analista” con el “tengo derecho a”… Y en este punto otra pregunta: ¿Cómo no caer en la reivindicación en esta “lucha”?

Considero que el psicoanálisis siempre será un foraster, en tanto da cuenta de un real contra el que se montan las defensas más radicales. Ahora bien, la particularidad está en la modalidad en la que estas defensas se montan, y el psicoanálisis tendrá que responder.
Renovar el psicoanálisis es la apuesta. Reinventar el deseo del analista es la clave. Pero para que haya analista tiene que haber primero un sujeto dispuesto a cumplir con la única directiva que el psicoanálisis admite: “Hable”.

Y esto se complica cada vez más, en tanto los discursos imperantes se dedican a suprimir al sujeto del inconsciente, desterrando la verdad particular que lo habita.

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