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TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad)

Publicado por Betina Ganim

Ampliando lo que he publicado en el artículo anterior, y de una manera más descriptiva si se quiere, podemos decir que en nuestra época, la era de la «acumulación del capital», el saber, el conocimiento en sí, entra sin ninguna duda en el ámbito de las leyes que rigen el mercado. Es decir, el saber, según esta lógica, es acumulativo.

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Se sabe asimismo que los niños están muchas horas en la escuela, que invierten mucho tiempo de su día en el «aprender» (esto tiene que ver también con el lugar donde vivan estos niños, según las leyes de cada país…)Y ni hablar si luego de la jornada escolar, los padres los envían a otros dispositivos de aprendizaje extra escolar, casi sin mediar cortes entre un dispositivo institucional formal de otro informal. Cualquiera sea la modalidad, se trata de lo mismo: saber más, acumular más conocimientos.

En la misma línea que el artículo anterior, sostengo que cuando el niño no tiene un rendimiento adecuado a este nivel, se dice que hay un «desorden».

El DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Desórdenes Mentales), manual en el que se basan los psiquiatras y muchos psicólogos para diagnosticar, clasifica y nombra como Desórden por Déficit de Atención un grupo de indicadores, que si se agrupan una serie de ellos se logra un conjunto que hace al diagnóstico tan actual y difundido de TDAH, que son las iniciales de «Trastorno por déficit de atención con Hiperactividad», ya que este tipo de «desorden» se acompaña de «hiperactividad».

Este problema afecta generalmente a niños en edad preescolar, escolar y a adolescentes…E impresionantemente el número de casos aumenta año tras año.

Es importante destacar que este diagnóstico se hace a partir de una serie de indicadores, de datos que recoge quien observa y diagnostica. Así, tenemos indicadores tales como hiperactividad, impulsividad, falta de atención, autoestima baja, intranquilidad, enuresis (el niño se hace pis encima)algunos tics, ánimo depresivo, episodios de frustración, entre otros.

Estos «signos» son algunos de los cuales harán al conjunto de lo que se tendrá que observar en el niño para ser diagnosticado como TDAH.

Desde ya, es muy riesgoso sostenerse solamente este grupo de signos para hacer el diagnóstico; de esto no nos tiene que caber duda. Es absolutamente insuficiente!

Esto nos lleva a un debate ético. Un debate en el que de momento no profundizaré, pero que al menos me lleva a señalar las consecuencias graves que este diagnóstico puede tener para el niño, ya que inevitablemente, el diagnóstico en cuestión requerirá de la medicación que se ajuste al mismo.

Casi como un castigo… para controlar o paliar el malestar infantil. Lo peligroso y de lo que hay que estar advertidos es que la ciencia ofrece medicación. No tiene otra manera más eficaz de resolver este «problema»…

El psicoanálisis apuesta, al contrario del discurso científico que apunta al «para todos», a ir caso por caso; situar el malestar en el niño, convocando a los padres a responsabilizarse (NO culparse) de alguna manera de lo que está ocurriéndole a su hijo, mínimamente preguntarse, más allá de los diagnósticos, qué está denunciando el niño con su malestar…

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