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¿Sientes orgullo o eres orgulloso?

Publicado por María Gómez

Con demasiada frecuencia, confundimos sentirnos orgullosos con ser orgullosos. Cuando tras un arduo trabajo, un incansable esfuerzo y una disciplina logramos terminar un máster, aprobar una oposición o exponer con éxito un doctorado, es tan natural y sano sentirnos orgullosos de nosotros mismos que no hacerlo denotaría extrañeza en lo demás. Sin embargo, si estos éxitos nos elevan demasiado la autoestima hasta niveles extremos, puede que la arrogancia haga su aparición. Ésta lleva adosada comportamientos y actitudes soberbias cuyos destinatarios padecerán en forma de humillaciones, ofensas o menosprecios.

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Además, cuando nuestro orgullo nos hace perder o desperdiciar oportunidades, entonces nos referimos al  de esta actitud, sobrevalorada, equivocadamente, por algunos. Y es que el orgullo es el hermano malo de la inseguridad. Desde el principio de los tiempos, una persona insegura utiliza el orgullo como estrategia de ocultamiento de sus vacilaciones y desconfianzas personales. Así se sienten protegidas. No es más que una forma de autoengaño.

Por otro lado, el orgullo suele ocasionar enormes grietas emocionales en las relaciones personales de cualquier tipo. La rigidez que implica paraliza las soluciones a los conflictos que surgen puesto que bloquea cualquier acción destinada a resolver un malentendido, a solicitar ayuda, a pedir perdón o a compartir alegrías o sufrimientos, por nombrar sólo algunas.

Para iniciar la batalla contra nuestro lado orgulloso, no hay más remedio que reconocerlo. Éste el primer paso para permitirle la entrada a la humildad como actitud ante la vida. La grandeza de este reconocimiento reside en su capacidad liberadora. Uno siente que el corsé se afloja mágicamente desde el momento que admite su orgullo y la incomodidad que le produce.

En el otro extremo del binomio, nos encontramos con personas extremadamente modestas, que ni siquiera aceptan sus logros personales como propios sino como fruto de la casualidad, la suerte o la intervención de otros. También este caso es susceptible de intervención psicológica para equilibrar la balanza hacia el término medio. En ese punto se encuentra el estado óptimo donde se disfrutarán de los éxitos dándole la importancia justa, ni más, ni menos.

Ambos extremos provocan rechazo en los demás. Los arrogantes y soberbios acaban por ser evitados y excluidos por sus actitudes prepotentes y engreídas, las cuales agreden en cierto sentido al resto, dando lugar, inevitablemente, a conductas de huida. Los que se muestran como seres insignificantes, aunque al principio puedan causar lástima, acaban por cansar al personal, desmotivando halagos, o reconocimientos justificados. Incluso, son catalogados como personas que ejercen falsa modestia porque es difícil comprender que alguien no sienta cierta satisfacción cuando consigue una victoria o éxito.

Muchas veces, el orgullos es una cuestión educativa. Es decir, ciertas culturas y sociedades promueven y premian a los individuos orgullosos y son percibidos como más exitosos. Mientras que en otras, está tan mal visto que expulsan a esos sujetos del núcleo social. En definitiva, podemos influir mediante la educación desde edades tempranas para crear una sociedad donde prime la humildad frente al orgullo. De esta manera, se evitarían infinidad de enfrentamientos, equivocaciones o grietas interpersonales.

 

 

 

 

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