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Enojo y resolución.

Publicado por Lic. Maria V.

El enojo, como tal, es un indicador de conflicto. Ante la presencia de un obstáculo que se interpone a lo que deseamos hacer, el enojo se manifiesta como un exceso de energía que no puede ser orientada a su resolución.

Así, según lo desarrolla Norberto Levy, el enojo no es, en sí mismo, un problema a ser evitado. De hecho, la intención de anular o reprimir el enojo en la sociedad actual es la que ha traído mayores problemas.

El enojo implica el desarrollo de una carga que requiere de su correspondiente descarga. Evolutivamente esta energía en exceso cumple la función de ponerse al servicio de la lucha, que era efectivamente necesaria antiguamente.

Ahora, esta energía que excede no se corresponde con la que verdaderamente necesitamos para dirimir el conflicto. Por eso, necesitamos poder descargarla de la manera más saludable posible. Acciones como resoplar, movernos, golpear el piso con el pie, son modos naturales de descarga.

Socialmente fuimos negando el enojo. Con esto, nos desconectamos de lo que nos enoja, impidiendo poder comunicarlo como corresponde. Enojo no es sinónimo de agresión, ni de pelea, ni de venganza. 

El enojo como tal manifiesta que hay algo que no nos gustó, que se interpuso en nuestro camino o que nos hizo daño. Si podemos aceptar esto y comunicarlo estaríamos desarrollando una modalidad de enojo que sirve a la resolución del conflicto.

Si, en cambio, no registramos eso ni lo comunicamos, el enojo se transforma directamente en lucha y agresión. Nos convencemos de que el otro hizo lo que hizo a propósito para dañarnos y buscamos provocarle un daño también. Este tipo de enojo no es resolutivo, es destructivo.

Recuperar el valor de señal y de mensaje que tienen las emociones es permitir que formen parte de nuestra vida, aceptándolas, dándoles el lugar que les corresponde, y aprovechándolas para atender lo que nos vienen a mostrar.

Mostrar aquello que ha causado enojo, con frecuencia se evita porque implica aceptar una parte propia que se ha sentido vulnerable. Con tal de evitar este reconocimiento, el enojo se descarga contra el otro, en un intento por cambiar el foco de lo que verdaderamente nos ha afectado.

Poder desarrollar herramientas comunicativas cuando algo nos enoja, y permitir la expresión y la comunicación adecuada de estos aspectos nos permite darle lugar al enojo sin necesidad de transformarlo en una guerra, impidiendo entrar en los círculos viciosos a los que lleva la agresión.

La importancia de educar en emociones radica en transmitir herramientas que nos permitan expresarlas, comunicando a otros lo que nos pasa, pudiendo conectarnos con aquello que experimentamos sin intentar negarlo u ocultarlo.

La educación emocional nos ayuda a aceptar nuestras emociones y a entenderlas en el contexto de nuestra vida y de nuestro recorrido. Conociendo estos factores podemos tener mayor libertad para responder a lo que se nos presenta.

El enojo, como el miedo y la tristeza, son emociones que socialmente se consideran negativas y que en general se tienden a ocultar o negar.

Cuanto más queramos apartarlas de nuestra conciencia, más se recrudecerán. Esto no significa que tengamos que soltar el enojo contra todos, esto es una mala interpretación de lo que implica expresar esta emoción. Concientizarla es entender frente a qué reaccionamos así, qué lo provoca, qué nos genera impotencia y frustración. 

A través del trabajo terapéutico y de las herramientas en el trabajo con las emociones podemos integrar las emociones, escuchar lo que nos señalan, poder conocer su trasfondo, y orientar la energía del enojo hacia la resolución.

 

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