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La represión del enojo y sus consecuencias.

Publicado por Lic. Maria V.

La agresividad es parte constitucional de quienes somos. A lo largo de la evolución y del comienzo de la vida en sociedad, fuimos teniendo que adaptarnos, moderando esta agresividad e instaurando reglas que permitan el sostenimiento de la comunidad. Sin embargo, la agresividad sigue existiendo, en muchos casos se mantiene reprimida hasta que se descarga abrupta o violentamente.

Hay muchas maneras de descargar la agresividad. Los impulsos destructivos encuentran una vía de canalización en el arte y en los deportes, por ejemplo.

El enojo es una emoción asociada a la agresividad. Surge, por lo general, cuando algo se presenta como obstáculo en la realización de nuestras intenciones. Está estrechamente vinculada a la frustración.

Culturalmente, hay una tendencia a pretender la represión del enojo, sobre todo de las mujeres. El culto a la obediencia, a la amabilidad y la imagen, termina llevando a la mayoría de las personas a reprimir o a desconocer sus partes agresivas, envidiosas, celosas y competitivas. Desconocerlas las mantiene en un lugar inalcanzable, en las sombras, impidiendo que podamos aceptar y comunicar adecuadamente lo que estas emociones nos señalan.

No es extraño observar a personas extremadamente correctas, puntillosas e intachables desde la mirada social, explotando en una ira incontenible. Freud, al respecto, aseveraba que «cuanto más perfecta se ve una persona por fuera, más demonios tiene en su interior». Jung hace especial hincapié en que la Sombra personal está formada por todos los rasgos que hemos rechazado, que hemos excluido en el proceso de construcción del Yo, y, sobre todo, de la máscara, aquello que sí queremos mostrar de nosotros mismos.

Dicho esto, podemos pensar en la importancia de poder conectar con esos aspectos sombríos para poder así acceder a su trasfondo y vislumbrar de manera más completa las distintas facetas de nuestra personalidad.

Es muy importante aclarar que aceptar el enojo y la agresividad no implica bajo ningún punto de vista darles rienda suelta. Concientizar estos aspectos nos puede permitir canalizarlos de manera más saludable, nos permite acceder a ellos, evitando que en la mayor cantidad de casos se apodere de nosotros, llevándonos a actuar impulsivamente y muchas veces de forma extrema.

Cuando la violencia y el enojo se apoderan de un individuo, como puede suceder también con otros aspectos, éste ya no tiene control ni registro de lo que hace. En las culturas primitivas estados semejantes eran considerados «posesiones demoníacas». Hoy podemos pensar que esas posesiones son en realidad aspectos de lo inconsciente que toman el control del sujeto.

El enojo reprimido puede llevar también al desarrollo de enfermedades físicas. Las emociones tienen una manifestación por medio del cuerpo y, si no se expresan o se ponen en palabras, pueden potencialmente generar efectos dañinos para la salud.

Concientizar el enojo y la agresividad y encontrar vías adecuadas de comunicación y descarga ayudan al equilibrio emocional y nos permiten reconocer aspectos propios que, estando ocultos, pueden generar consecuencias complejas.

En el trasfondo del enojo suele haber una frustración o una posición de vulnerabilidad que se rechaza, o algún deseo que no puede ser comunicado. Si le damos lugar a este reconocimiento y expresión, el vínculo con nuestro enojo cambia. 

Siempre tendremos aspectos en sombra, porque no podemos concientizarlo todo, pero a mayor contacto con nuestros aspectos inconscientes, mayor autoconocimiento y posibilidad de elección.

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