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Cuando vives con demasiado ruido

Publicado por María Gómez

Vivimos rodeados de ruido. En las ciudades, el tráfico, las obras, los comercios, y la gente producen ruido sin cesar. Los fines de semana es todavía peor y las personas que tienen la desgracia de vivir en plena zona de ocio tienen que sufrir ruidos tremendamente molestos hasta altas horas de la madrugada. No caeremos en el  el falso consenso al afirmar que vivimos con exceso de ruido hasta tal punto que se ha catalogado como contaminación acústica. Es difícil luchar contra el ruido puesto que es un hecho inherente al concepto de desarrollo , de industrialización, en suma, de urbanización  Pero al mismo tiempo, es necesario proteger al ser humano de los efectos psicológicos y fisiológicos de estar expuesto a un ruido excesivo, que, de hecho, es contaminante y afecta al equilibrio emocional de una persona. Este asunto controvertido ya es terreno propicio para su estudio y búsqueda de soluciones por parte de la psicología ambiental.

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Al igual que sucede con otros aspectos el ser humano, las diferencias individuales en este ámbito  juegan un papel decisivo. Es decir, el umbral para el que un sonido se convierte en ruido varía entre personas. Claro ejemplo de ello es el volumen de la música. Dentro de una misma casa, a una persona le encanta escuchar música con el volumen al máximo y para otra, una intensidad mucho menor ya es ruido ocasionando una gran molestia. Bien es cierto, que hemos de valorar  también el parámetro situacional: no tiene los mismos efectos poner la música alto volumen en una fiesta un viernes o sábado por la noche que en un edificio de viviendas cuando todo el mundo duerme. 

Entre los efectos fisiológicos más graves que pueden ser consecuencia de estar sometido a altos niveles de ruido contamos con alteraciones en la presión sanguínea, en el ritmo cardíaco, episodios importantes de cefaleas e incluso la sordera. Pero los efectos más acusados son los de tipo psicológico que van desde la pérdida de concentración, sensación de molestia, o irritabilidad hasta llegar a cuadros serios de ansiedad y depresión. Estar sometido a estrés ambiental y la valoración que hacemos del mismo son dos factores que se combinan para poder pronosticar las posibles secuelas individuales.

La percepción del ruido como innecesario, como elemento perjudicial para la salud o asociado a emociones negativas, intensifica los efectos. Además, los ruidos intermitentes  cobran una connotación especialmente negativa frente a los continuados. Y si encima son imprevisibles, las consecuencias son vividas con mayor negatividad.

Resulta muy significativo a la hora de contrarrestar estos efectos, el estilo de afrontamiento que adopte la persona. 

Por tanto, si eres una persona sensible al ruido, procura buscar una vivienda que no esté en un barrio bullicioso, donde haya mucho trasiego de personas por la presencia de bares, restaurantes o discotecas o cercano a lugares de ocio. Además, estudia las obras que se están realizando por los alrededores así como la proximidad a aeropuertos, centros comerciales o zonas de descarga de supermercados. Y si lo que buscas es tranquilidad, decántate entonces por vivir en las afueras de las ciudades, cerca de la naturaleza. Al final, todo es cuestión de prioridades.

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