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Cuando pensamos demasiado.

Publicado por Lic. Maria V.

El pensamiento puede ayudarnos a entender, a conocer, a reflexionar, a evaluar, a tomar decisiones. En la cultura occidental el pensamiento racional es vanagloriado como el modo de llegar a la verdad. Descartes ha separado lo material de lo racional y a partir de allí la razón se transformó en indispensable y único camino para el conocimiento. «Pienso luego existo» nos transmite el nivel de importancia atribuida al pensamiento en el mundo occidental.

Para Carl Jung, el pensamiento es una de las 4 funciones del psiquismo junto a la del Sentimiento, la Intuición y la Sensación. Son medios a través de los cuales la conciencia se aproxima a la experiencia. Para Jung «la sensación nos dice que algo existe, el pensamiento nos dice lo que es, el sentimiento nos dice si es agradable o no, y la intuición nos dice de dónde viene y adónde va».

El pensamiento es una de esas funciones, y es la que nos permite establecer similitudes y diferencias entre lo que percibimos, nos permite clasificar y generalizar. Es el recurso para abstraer y construir teorías. Sin embargo, no es la única función. Y muchas veces, si tenemos esta función desarrollada de manera preponderante podemos anular o dejar invisibilizadas las otras.

El pensamiento, cuando cobra total protagonismo puede entrar en círculos interminables, que en lugar de ayudarnos a decidir nos obstaculiza el proceso. Pensar en exceso debe ser concebido como una posición unilateral de la conciencia. Es decir, una amplificación de un aspecto por sobre otros. 

Pensar en exceso anula la posibilidad de atender a nuestro entorno, a las necesidades corporales; puede aislarnos en relación a nuestros vínculos y llevar a la procastinación, es decir, a la demora en la acción. El pensamiento racional, que se ocupa de analizar las situaciones, siempre puede encontrar razones para validar o invalidar las decisiones, en un vaivén entre pros y contras puede dejar a la persona en la inmovilidad.

A veces, la intuición nos permite decidir algo sin necesidad de hacer un análisis exhaustivo. Es ese saber que no se sabe cómo se sabe, pero se sabe, y prestarle atención es en ciertos momentos importante. 

El pensamiento excesivo implica por lo general, reiteraciones, rumiaciones o pensamientos intrusivos y recurrentes. Estos circuitos, muy propios de cuadros obsesivos, suelen provocar un gran cansancio mental y emocional, que puede llevar a la depresión y que, en lugar de facilitar decisiones, las anula. Encontrando siempre un obstáculo para cada alternativa.

Cortar con estos circuitos puede requerir de la intervención de otras herramientas. La meditación y los ejercicios de respiración, o actividades que potencien el contacto con el presente, ayudan a darle lugar al cuerpo y a las sensaciones, colaborando para frenar el aluvión de pensamientos. Todas las actividades en las cuales participa el cuerpo y el movimiento ayudan también en este equilibrio.

Estar en entornos de naturaleza, poner límite a las ocupaciones, hacer actividades creativas (sobre todo las que no utilizan la palabra, como la pintura, por ejemplo) y de ocio, y compartir tiempo de calidad con seres queridos, son algunas maneras de contrarrestar los circuitos de pensamiento excesivo. Cuando no puede llevarse a cabo estos cambios de manera voluntaria, es importante la consulta con un profesional.

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