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Soluciones diferentes

Publicado por Betina Ganim

Hoy continuaré en la misma línea que venía hablando respecto del auge de las neurociencias y el engaño al que podemos caer en que el psicoanálisis sobrevivirá solo a condición de que ese discurso lo reabsorba y lo saque a flote…Para nada! No es así!

En relación a este tema, he tenido la ocasión de estar como audiencia en una conferencia en la que alguien del público dijo algo así como que por qué el psicoanálisis se mostraba en posición de ‘víctima’ cuando está lleno de analistas cada vez más, incluso en Alemania, y que las neurociencias incluso retomaban el psiconálisis…

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Esto es de lo que hablo, y de lo que hay que estar advertidos en no caer en esa trampa. El psicoanálisis tiene sus principios, una ética que le es propia, un horizonte muy diferente al que se pretende desde las neurociencias… Porque ya ni de cognitivismo estoy hablando, que a esta altura resultan casi inofensivos al lado de estos pseudocientíficos que con la ayuda de la tecnología pretenden abordar la totalidad del ser humano, conocer sus puntos, su angustia, controlar sus síntomas, gracias al famosos mapeo cerebral…

¡¡Que se va a poder saber en qué está pensando el otro!! ¿Ustedes lo creen? Esa es la cuestión...

Siguiendo el curso de J-A Miller, «Piezas sueltas» me encuentro con un apartado que creo oportunísimo comentarles, ya que va en la vía de esto que les transmito, la posición ética de la orientación lacaniana.

Que se pretenda reabsorber la falla en el saber que produce lo real, es un intento universitario (discursivamente hablando) de controlar el goce del sujeto. Querer reabsorber esa falla por medio de un «más» de ciencia es una solución que se tiene para acotar lo real.

Para acotar lo real más bien hay que ubicar la palabra, su función, en un discurso diferente: la experiencia analítica, un discurso donde están enlazados el sujeto y la causa.

El psicoanálisis no tiene por qué reabsorberse en lo cognitivo, ni en las ciencias naturales ni en la hermenútica; el psicoanálisis tiene como brújula el goce del síntoma. Y esto escapa totalmente al mundo de lo «utilitario» en el que los demás campos se mueven, ¿se entiende?

Para terminar, una reflexión: «¿De qué sirve mi goce? Más bien, al otro siempre le molesta mi goce… Si fumo y fumo sin parar, y el otro me lo marca, me lo sanciona, incluso me prohíbe gozar en espacios cerrados…¡con la satisfacción que da fumar después de cenar! Por qué el goce necesita ser justificado todo el tiempo?»

«Bueno, claro, es que si no dejo de fumar es porque me gusta…»

Cuando eso ya se transforma en un «quiero dejar, pero no puedo, y me está matando» Y además «me pregunto sobre eso, por qué no puedo dejar de fumar si es lo que quiero?» Bueno, esa es la dignidad del síntoma, podríamos decir…
Y una posición ética: querer saber sobre ello. Pues bien, visite a un psicoanalista. Que seguro ese síntoma tendrá una historia, posibles causas, etc… Pues bien, analícese.

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