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¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?

Publicado por Lic. Maria V.

Para la supervivencia el ser humano fue necesitando a lo largo de la evolución  afianzar estructuras, hábitos y modos de conducta con el fin de la adaptación.

Estas estructuras permitían y aún permiten la posibilidad de conocer, anticipar y controlar ciertos acontecimientos, aspectos que la conciencia busca desarrollar constantemente.

La repetición es la clave en este proceso. Se afianza lo que se repite suficientemente. Pero conjuntamente a esto, los seres humanos deben cambiar para poder evolucionar. Los cambios son la esencia del desarrollo.

El equilibrio entre estabilidad y cambio implica el vaivén necesario para poder afianzarse y, a la vez, avanzar.

Muchas veces, sin embargo, se evita el cambio. Y esto ocurre porque los cambios implican inestabilidad y ruptura. Cambiar es romper de algún modo u otro esa estabilidad que se había conseguido, implica lo desconocido, lo nuevo, la sorpresa, aquella consecuencia que no podemos adelantar ni estimar.

Evitar el cambio es quedar sostenidos en el tiempo, eternizados en las mismas estructuras y en los mismos lugares. Los hábitos que construimos y repetimos se transforman en un universo subjetivo. Todas las opciones y posibilidades quedarán inmersas en esa realidad, y se considerará absurdo o imposible lo que se salga de ella.

Nuestra realidad subjetiva es como un lente, a partir del cual percibimos el mundo que nos rodea. Construimos así nuestro mundo, que será más amplio o más estrecho según cuán cercanos al cambio nos dispongamos.

Quienes no viven más allá de 5 cuadras a la redonda, nunca han viajado o no visitan barrios o lugares que no conocían, se relacionan siempre con las mismas personas desde hace años, hacen siempre las mismas actividades, ubicadas en los mismos horarios y los mismos días, con trayectos siempre iguales, sin indagar en su mundo interno mediante el despliegue creativo o imaginativo, tendrán un universo restringido a esos espacio-tiempos y a esos objetos. 

Las posibilidades se restringen a ese marco, y posiblemente el cambio sea cada vez más difícil. Como lo que ocurre se repite sin cesar en el día a día, muchas de esas conductas se automatizan, perdiéndose la espontaneidad o la posibilidad de transformar y crear algo nuevo.

No cambiar es una manera de permanecer en lo conocido, en lo que genera sensación de protección y seguridad. El cambio implica asumir un riesgo.

Vivir en apertura al cambio es una postura creativa frente a lo que acontece, permitiendo espacio para lo nuevo, aunque sutil o mínimo, pero es una predisposición para aceptar esa diferencia, y en cierto sentido también, para buscarla.

El cambio es ruptura, y por eso puede atemorizar. A veces emerge como posible luego de un conflicto, crisis o suceso que habilita esa ruptura: un nacimiento, una pérdida, una nueva etapa vital, una elección, un viaje, pueden ser acontecimientos que lo vehiculizan.

Otras veces la posición subjetiva está realmente abierta al cambio, y no requiere de un cimbronazo de la vida para activarse. Viviendo creativamente el cambio es siempre una opción válida y esperable; hay una apertura al asombro, a la novedad y a la diferencia.

Pero la apertura al cambio no significa vivir dando saltos sin poder afianzar. Esta impulsividad puede ser una reacción defensiva, una huida en lugar de una búsqueda, evidenciando ansiedad o temor a comprometerse con algo. Y hay que atender a esta diferencia fundamental.

Trascender la resistencia al cambio implica aceptar cierta cuota de estabilidad y afianzamiento, pero a la vez, un enfoque flexible, dispuesto a afrontar lo desconocido y lo incierto.