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¿Somos analfabetos emocionales?

Publicado por María Gómez

Afortunadamente, hace ya tiempo que se derribó la barrera del analfabetismo.  Hoy por hoy, prácticamente toda la humanidad tiene acceso al aprendizaje de la lectoescritura.  Sin embargo, en estos tiempos agitados que corren, nos encontramos con un aumento escandaloso del analfabetismo emocional. Resulta paradójico el hecho de que a mayor acceso a la información global, menor conocimiento personal. Nos entristecen y nos enfurecen las injusticias,  queremos cambiar el mundo, eso sí, sin empezar por nosotros mismos. La naturaleza humana a veces es demasiado necia.  Es obvio que sin un grado aceptable de autoconocimiento personal será imposible empatizar con los demás y por ende conocerles. Vemos a diario cómo las personas se comportan con torpeza en sus relaciones personales.

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Efectivamente, no saber cómo manejar las propias emociones implica no aceptarlas así que se torna bastante difícil acceder a las de los demás y menos aún tolerarlas.

El analfabetismo emocional debe ser tratado como una dolencia que afecta a toda la humanidad. La apatía que gobierna al ser a los individuos conduce a no querer modificar este estado lo que es todavía más perjudicial. El motivo de esta reticencia no es otro que el miedo.  De nuevo, ese miedo que nos paraliza y nos bloquea. Y es que no es menos cierto que cuando ahondamos en el autoconocimiento en el camino, nos encontramos con nuestras virtudes pero también nos tenemos que enfrentar a nuestros grandes defectos, a nuestros errores, imperfecciones y desaciertos.  Ésto incluye reconocer la posibilidad, aunque no fuera intencionadamente, de haberle hecho daño a otras personas.

Como medida preventiva más que aceptable por su eficacia, proponemos iniciar desde edades tempranas una formación paralela a la académica sobre inteligencia emocional en la que habrá espacios para tratar la emocionalidad tanto en el polo negativo como en el positivo. Esto proporcionará herramientas a los niños para resolver problemas a través de la asertividad y la convivencia. Y esta revolución es urgente porque si no algunos paradigmas del analfabetismo emocional se propagarán como la pólvora sembrando sufrimiento allá por donde pasen. Nos referimos a los nacionalismos, los fanatismos de cualquier índole, el racismo, la inflexibilidad de opiniones y creencias, las censuras y las represiones y,por ende, las dictaduras, incluso la esclavitud tanto emocional como psicológica o física, hasta las adicciones en general.

Es primordial para llevar a buen puerto esta tarea que las personas cuenten con un amplio repertorio de conocimientos de las emociones el cual, afortunadamente, puede ser aprendido y potenciado mediante algunas sencillas estrategias.

Por ejemplo, comunicar nuestras emociones con el prójimo, verbalizarlas, llevarlas a la plena consciencia provoca casi inmediatamente una disminución de su poder amenazante sobre nosotros. Dedicar tiempo a charlar y a analizar cómo nos sentimos suele ser un ejercicio terapéutico en sí mismo.

Es muy importante, por tanto, dejar fluir las emociones, no reprimirlas y darles salida en aras de evitar consecuencias a nivel mental y físico. Para ello, es esencial fomentar los hábitos sociales cara a cara, asunto bastante desbancado desde la llegada de las nuevas tecnologías.

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