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La desmentida

Publicado por Betina Ganim


Continuaré con la serie de posts dedicados al tema de la perversión en el psicoanálisis de orientación lacaniana. Por supuesto, siguiendo las líneas trazadas por la obra de Sigmund Freud, he hecho en los anteriores posts un recorrido rápido de esta temática en la teoría y en la clínica psicoanalítica.

¿De que se trata la corrupción del Nombre del Padre? Cuando el padre cierra las ojos dejando a la madre gozar de su hijo, desde ese momento el perverso está en rivalidad con el padre, como en el neurótico, pero en la perversión la simbolización no puede regular esa rivalidad. Así, la ley paterna se presenta como caprichosa. Es decir, la madre nombra al padre, como en el neurótico, pero luego lo desmiente.

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Entones, lo que define a la perversión es la renegación (la negación) de la castración del Otro materno. Esto supone la transformación del sufrimiento n goce, y de falta, en plenitud.

En los llamados «postfreudianos», en cambio, se enfatiza la detención del desarrollo sexual en la fase pregenital. Algo fundamental en la perversión. En esta perspectiva, se trata de una línea continua que tendría como punto de llegada la madurez del objeto genital total, lo que sería el horizonte del ideal occidental de pareja monogámica -por decirlo de alguna manera.

Lacan da cuenta de un caso de perversión llevado por una analista postfreudiana, cuya dirección de la cura estaba orientada por el ideal de normatividad. Así, la analista pretendía conducir a su paciente por la «normalidad» que supone un acceso a una fase genital, empujando de este modo al acting perverso.

Tenemos en esta referencia la particularidad de la perversión, y de los rasgos perversos en sujetos neuróticos, donde ese goce no hace pregunta. En este sentido, si el neurótico padece una enfermedad de la pregunta, el perverso más bien tiene respuestas que dan cuenta de que sabe cómo hacer gozar al otro. Podemos decir que sostiene un fantasma preconciente de alcanzar el goce a través del saber. Y en este sentido, si un perverso consulta, esto lo tiene bien claro.

El perverso pone en escena ese fantasma, escena en la que el objeto queda reducido a lago inanimado. Es así que su empresa será tratar de hacer operacional ese fantasma; es decir, que ese fantasma sea la guía para su accionar, tratando de dominar el deseo y el discurso.

El fetiche, los fetiches, son inequívocos para el perverso; no son significantes, sino que su valor reside en aquello que colma. Eso no es más que poner un tapón imaginario en la castración de la madre. Con lo que de este modo se puede leer la fragilidad en la que sostiene ese saber gozar del que se jacta.

Esa fragilidad desnuda muchas veces que su saber gozar no es más que semblante del cual el fetiche es una irrisoria afirmación.
En su desmentida, procura su goce, evitando así pasar por el deseo del Otro, lo que tapona con el objeto fetiche. Nada falta en el Otro, si el perverso se ubica él mismo como su instrumento.

Ahora bien, siguiendo su lógica, se ve la paradoja que intenta opaca con su semblante de saber gozar. Si él es un instrumento, es el Otro quien goza.

FUENTE: ZANGHELLINI, J. «VICISITUDES DEL OBJETO». ED. DE LA CAMPANA.

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