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Sexualidad y Cultura

Publicado por Betina Ganim

Es muy interesante cómo Freud aborda este tema en su texto de 1910 -del que ya hemos hecho referencia en los dos posts anteriores.

Freud considera que lo que atañe a las pulsiones y sus objetos, es algo que vale tanto para los hombres como para los pueblos.

Nos dice que si antes, en la sociedad pagana hubo una desvalorización del amor y la vida, en una época en la cual la satisfacción amorosa no oponía dificultades, hizo su aparición la religión, a modo de formación reactiva, para que se restablezcan de alguna manera esos lazos afectivos indispensables para la humanidad.

Es así también que la vida de los monjes era prácticamente una lucha contra sus tentaciones libidinales. Casi se dedicaban con exclusividad a evitar ser tentados. Y si caían en determinadas prácticas, recurrían a castigos como la autoflagelación.

Es aquí que plantea que las pulsiones adquieren más “significatividad” cuando son frustradas. Asimismo, se pregunta si es también verdad que la pulsión pierde valor cuando se termina satisfaciendo…

Nos lleva al ejemplo del vino, más bien de la relación del bebdor con el vino. ¿Acaso no se compara el buen vino con el buen sexo? ¿Se conocen casos en que por tomar un mismo vino, le termine resultando sin sabor al bebedor?

Pues no, al contrario –nos dice Freud. Más bien, entre el bebedor y el vino existe un feliz matrimonio…

Así nos lleva al campo de la pareja y el amor, preguntándose por qué es tan variada la relación que tiene el que ama -el amante- con su objeto de amor.

Y dice que a esta altura ya tenemos que sostener que la pulsión sexual nunca se satisface plenamente.

Nos recuerda que en principio, sabemos que el objeto de elección sexual nunca es aquel primero al que las pulsiones se dirigieron. Y esto porque ha operado la represión. Así, ese objeto al que las pulsiones se dirigen en la vida adulta, dice Freud, son solo sustitutos del primero, reprimido. Es entonces que ninguno será del todo satisfactorio. Y tal vez con esto se explique esa imposibilidad de que un mismo objeto sexual se sostenga permanentemente a lo largo de la vida, y se dirija indefinidamente a objetos subrogados de aquel primitivo.

En segundo término, nos recuerda el carácter disgregado de la pulsión sexual antes de haber sucumbido a la represión. Dice que otras pulsiones, como la croprofílica y las sádicas, si bien han sido sofocadas por la estética cultural, los procesos que generan excitación no han variado, más allá de la cultura.

Sostiene con esto que tanto lo excrementicio como lo sexual son inseparables (que tampoco los órganos genitales corresponden a lo estéticamente aceptado en la cultura, conservando toda su «animalidad»)

Dice Freid que la cultura tiende, sin dudas, a aminorar las pulsiones sexuales, viviéndose entonces en una insatisfacción constante.

Así, concluye que la insatisfacción que hallamos en la cultura es un efecto de las peculiares características que han adquirido esas pulsiones sofocadas por la cultura.

Y que esa imposibilidad de la pulsión de ser satisfecha plenamente, es la fuente de las más exitosas muestras culturales. Dice Freud que si no existiera tal insatisfacción pulsional, no habría necesidad progreso.

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