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Actividad y Pasividad en el Psicoanálisis.

Publicado por María Fay

Según el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis, actividad-pasividad es uno de los pares antitéticos fundamentales de la vida psíquica. Y se relaciona con los diversos fines pulsionales.

Para Freud, si bien estos pares de opuestos califican las modalidades de la pulsión, esto no significa que se opongan pulsiones pasivas a pulsiones activas. Según su elaboración la Pulsión es de por sí siempre activa.

La pulsión denominada pasiva, lo sería simplemente por el fin pasivo que elija, ya que la pulsión siempre implica actividad.

De este modo, la actividad-pasividad, desde la teoría freudiana, se ha puesto en correspondencia con el sadismo-masoquismo, o con la dualidad masculino-femenino, siendo esto último muy criticado.

Sin embargo, para Freud, en la fantasía, actividad-pasividad no pueden existir separadamente, sino que coexisten. Esto se da en paralelo a las posibles fijaciones pulsionales que sí pueden estar referidas a posiciones activas o pasivas.

Respecto al desarrollo pulsional Freud también le dedica un importante papel a este par antitético. Siendo correspondido con distintos pares según la fase del desarrollo a la que se refiera.

Los autores posfreudianos han llevado a cabo otras elaboraciones respecto a esta cuestión.

Según Erich Fromm, el término actividad se asocia comúnmente con una acción que, mediante cierto gasto de energía produce un efecto en la situación existente. Todas estas actividades tienen un fin o meta dirigidas al exterior.

Sin embargo, según este autor, se debe tomar en consideración aquello que motiva a dicha acción.

En muchos casos las Actividades están motivadas por emociones o estados psicológicos que más bien producen que el sujeto se encuentre siendo esclavo de dicha actividad en lugar de ser agente.

En este sentido, mucha gente que es activa y emprende muchas tareas puede a su vez estar siendo pasiva, dado que esa acción está siendo impulsada por determinaciones inconscientes y de este modo esta siendo pasivo de un efecto que en el se produce por fuera de su voluntad.

Por otro lado, consideramos pasiva a una persona que no lleva adelante acciones con efecto en el mundo exterior. Aquel que permanece contemplativo o reflexivo, por ejemplo.

Sin embargo esta una actividad compleja, que implica gran introspección y meditación, que por más que no produzca inmediato cambio en la realidad exterior sí lo hace en el mundo interno del sujeto. Esta actitud supuestamente pasiva, implica en realidad gran actividad, siendo necesaria como condición previa la libertad e independencia interior para poder ser llevada a cabo.

Podríamos considerar, entonces,  que la actividad excede los cambios que puedan o no producirse en el mundo exterior. Así la actividad está más asociada a la utilización de poderes intrínsecos de la persona antes que a aquellos cambios.

Para Spinoza lo interesante es discernir entre afectos activos y pasivos. Los primeros hacen referencia a situaciones en las que el ser humano es libre, siendo el amo o agente de ese afecto. En los segundos el ser humano se ve impulsado, siendo objeto de motivaciones de las cuales no tiene noticia.

Así, ser agente implicaría la motivación y capacidad intrínseca de propiciar voluntariamente un cambio en uno mismo o en el mundo externo.

La actividad no tiene entonces tanta relación con al efecto que producimos en el mundo exterior, si somos productivos o trabajamos incansablemente, sino que implicaría la utilización voluntaria de herramientas psicológicas que permiten  propiciar cambios incluso internos, producto de la introspección o el trabajo terapéutico, siendo justamente estos últimos los que implican verdadera transformación.

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