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Intransigencia: Cuando no se puede ceder.

Publicado por Lic. Maria V.

¿A qué nos referimos al hablar de intransigencia? ¿Qué consecuencias tiene esta postura y por qué es tan difícil flexibilizarla?

La intransigencia implica esencialmente una actitud estricta, inflexible con respecto a las opiniones e intervenciones de otros. Una persona intransigente de manera general no cede, establece una barrera en donde se deja por fuera todo aquello que se considere distinto de su propia postura.

La palabra misma nos sugiere un mensaje de este tipo: «No se puede pasar» y verdaderamente se construye una muralla que evita el intercambio con el entorno.

La intransigencia suele estar vinculada al fanatismo, precisamente por que en este último la posición tomada es tan inflexible y aguerrida que no admite duda o discusión alguna, es asimismo una barrera frente a otros y sus modos de pensar.

Por lo general, podemos decir, la intransigencia se erige como defensa. Mediante esta actitud, se evita y se expulsa todo lo que pueda generar incertidumbre o contradicción. Es una manera de buscar certezas allí donde no las hay, y obedece al afán de control. La persona intransigente configura formas de hacer y pensar fijas, en donde no hay otras opciones posibles, o al menos no se las permite explorar. Con menos opciones, hay menos incertidumbre y la persona se auto-convence de que esa es la única opción «verdadera» o adecuada.

La cuestión de la intransigencia tiene mucho que ver con la noción de Verdad. ¿Qué es la verdad? Y, ¿según quien? Las posturas inflexibles sostienen verdades absolutas, que no admiten contextos o culturas distintas, se establecen de manera fija e inflexible. Esto, a la vez, potencia la discriminación, la segregación y la falta de empatía, porque, si expulsamos todo lo contrario o todo lo distinto y no admitimos diferencias u opiniones diversas, en algún punto es una manera de negar la diversidad, y de pretender que las cosas son o deberían ser exclusivamente como la persona en cuestión sostiene.

La política y la religión son ámbitos donde fanatismo y, por lo tanto, intransigencia están muy presentes. Estas pujas de poder impiden un adecuado intercambio con otros, y pueden transformar la cotidianeidad en una guerra. La actitud de guerra permanente se establece si los bandos, en mayor medida, se muestran renuentes a ceder, se aferran con uñas y dientes a sus convicciones, pregonándolas como verdaderas universales.

La intransigencia es, entonces, esencialmente un modo de protección. Alejar y anular lo diferente frena defensivamente la posibilidad de cuestionarnos a nosotros mismos. Se intenta tener un terreno certero, donde nadie manche u opaque el discurso que se ha conseguido. Esta postura permite proyectar los males del mundo en el afuera, en «los otros», en aquellos que piensan diferente, evitando que se pueda reflexionar o cuestionar el propio accionar.

Se erige como coraza inflexible, que pretende proteger pero que nunca lo logra totalmente, porque lo inesperado, lo desconocido e incierto se filtra constantemente y empuja a endurecer esa coraza un poco más. Coraza que, a la vez, aísla y deja a la persona en vínculo estrictamente con «los suyos» perdiéndose de la diversidad y el intercambio auténtico.

Lo distinto y lo desconocido genera temor, se percibe como amenazante, porque puede desarmar lo que hemos construido. Sin embargo, es inevitable, y la mejor manera de convivir con ello es flexibilizar y aceptar la diferencia. Aunque, por supuesto, esto muchas veces no es tan sencillo. En casos de gran intransigencia se deberá trabajar terapéuticamente sobre los aspectos inconscientes en juego en cada caso particular.

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