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La importancia del nombre propio.

Publicado por Lic. Maria V.

El nombre propio tiene un valor simbólico que genera efectos en el Inconciente y que afecta o determina al sujeto que lo porta de modo significativo.

Teniendo esto en cuenta debemos saber que nombrar a un/a hijo/a no es un asunto menor. El nombre es el primer anclaje de la identidad, el vehículo mediante el cual la persona se representa a sí misma, se percibe como un ser individual y diferenciado. Y a la vez, perteneciente a un clan (apellido).

Responder al llamado por el nombre es, desde el punto de vista del desarrollo, un gran indicio de salud.

Desde muy temprano el ser humano se asocia a sí mismo con el nombre por el cual es llamado. Y a partir de allí, entre tanto otros avatares, se abre el panorama de su vida. Así de importante es el nombre propio.

El nombre nos habla del sujeto, nos habla de quienes lo eligieron, de la historia, el lugar, la moda y la época. Si el nombre fue puesto por alguien o algo, ese alguien o ese algo estará de algún modo presente en el Inconciente de quien lo porta. Y llevar un nombre en honor a otro no es tarea sencilla.

Lo mismo si el nombre elegido es el mismo que el de alguno de los progenitores o abuelos. Junto al legado yace el mandato, que tiene alcances inconcientes incalculables. El peso de llevar el nombre de un familiar fallecido, por ejemplo, implica muchas veces un estigma y dificulta el proceso identitario.

El nombre nos marca, nos deja efectos. Efectos que van más allá de los que nuestros progenitores quisieron transmitir al elergirlos. Nos dejan circunstancias, valores sociales asociados y prejuicios, con los que tendremos que lidiar a lo largo de la vida, incluso aunque no lo notemos conscientemente.

Las circunstancias de la elección del nombre son también importantes: ¿Quién lo elige?, ¿es consensuado o arbitrario? El nombre elegido, ¿es algo admirado, deseado, valorado? o ¿es símbolo de algo que en la familia ocupa un lugar de desprecio, broma, desvalorización, prejuicio o, incluso, vendetta?

Aunque sea difícil de creer, hay gran cantidad de casos donde el nombre elegido implica incluso una venganza, una competencia y un símbolo del rencor entre progenitores.

En cualquier caso, el nombre y las circunstancias de su elección nos hablan del deseo o no, de ese hijo/a, y del lugar que viene a ocupar en la familia.

Cuestionar acerca del nombre propio, cómo se eligió, de quien fue la idea, y si lo pusieron en referencia a alguien más, es una investigación  interesante para hacer en la Adolescencia, momento  fructífero para el desarrollo de la Identidad y para cuestionar mandatos, identificaciones y posiciones dentro del ámbito familiar.

Cuestionar el nombre nos permite conocer con qué asocia en la idiosincrasia de esa familia en particular y trabajar sobre los aspectos de ciertas influencias que quizás no elijamos para nosotros. Nos permite procesar cuestiones inherentes a nuestro origen, decidir qué nos representa y que no, y así, hacerlo propio, crear una dimensión subjetiva.

Conocer el peso y el valor simbólico que porta el nombre propio es fundamental para poder entender  sus efectos y tomar con verdadera seriedad el acto de elegirlo.

 

 

 

 

 

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