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Ocultar las emociones.

Publicado por Lic. Maria V.

¿Conocieron alguna vez a alguna persona que siempre esté igual? ¿O que nunca se pueda saber verdaderamente qué es lo que le está pasando?

Estas personas, por una razón u otra, están plenamente identificados con una máscara que es rígida e inflexible y que siempre muestra lo mismo. Por medio de ella, se protegen y, a su vez, no dejan acceder a otros a su verdadero mundo.

Las emociones son, además que afectos inevitables e involuntarios, una forma de comunicación. A través de una buena comunicación emocional podemos transmitir a otros lo que sentimos y en función de ello, los demás tendrán valiosa información para responder y facilitar el intercambio.

A veces las emociones se interponen en el camino. Cuando explotan abruptamente y se escapan de nuestro control. Por eso, socialmente se nos ha transmitido que las emociones pueden ser peligrosas. Durante mucho tiempo la crianza y la educación tenían como objetivo la represión emocional. Los buenos modales y las normas de etiqueta buscan igualarnos y evitar que algún exabrupto emerja inadecuadamente.

La emoción libre está asociada a lo primitivo, y la humanidad creyó durante mucho tiempo que mantenerlas a raya era símbolo de civilización. Sin embargo, hoy sabemos que las emociones deben ser aceptadas y conocidas. La represión emocional estricta sólo potencia, más tarde o más temprano, esas explosiones. Las desconocemos y por ende, se expanden en tierras extrañas. Se transforman en agentes de nosotros mismos que no podemos reconocer como propios.

Producto de esta estricta represión emocional y de las imposturas surge en muchas personas un alejamiento de su propio mundo emocional, anteponiendo en situaciones sociales y a veces de manera permanente, una máscara que siempre manifiesta lo mismo. Para el entorno, ese individuo se vuelve indescifrable y se presenta como inaccesible en cuanto  a aspectos un poco más profundos o de mayor intimidad.

Podríamos pensar que funciona bajo los parámetros de la frase: «como te ven te tratan» transformándose conciente o inconcientemente en estandarte de la imagen social. Algunos adoptan una imagen correcta y cumplidora, mostrando aquello que es socialmente esperado. Otros ejercen la famosa Poker Face, es decir, gestos neutros, que se vuelven una incógnita para el interlocutor.

De un modo u otro en estos casos la máscara, cualquiera sea, queda instalada inflexiblemente y se confunde con la verdadera identidad del sujeto. 

Para Carl Jung todos en mayor o menor medida ponemos una máscara para movernos en la sociedad. La máscara nos permite desempeñarnos en un trabajo, por ejemplo, con las características que son requeridas en ese ámbito, dejando por fuera aquellas que corresponden a un espacio más íntimo. El problema radicaría en si nos identificamos con esta máscara, convenciéndonos de que eso es todo lo que somos. Esto ocurre en muchos casos con las personas que están plenamente identificadas con su rol profesional o con cualquier rol que desempeñen en su vida.

La máscara de la que aquí hablamos es aquella que se torna inflexible, que no puede ser separada del sujeto y que se ejerce invariablemente a lo largo del tiempo evitando una verdadera conexión con sus emociones y aspectos más profundos.

Ocultar las emociones de esta forma evita que podamos vincularnos genuinamente. Se transforma en una defensa frente al mundo que termina alejando a la persona misma de su emocionalidad, desconociéndola y negándola.

 

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