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Poder decir Adiós.

Publicado por Lic. Maria V.

Los cierres, finales y despedidas siempre implican cierta dificultad. Acostumbramos amalgamarnos con lo que vamos viviendo, la vida misma implica la capacidad de unir, de construir, de prolongar. Los cortes son interrupciones en ese camino, se asocian al separar, destruir, detener. Y esto se percibe como peligro.

Sin embargo, existe la necesidad de aceptación de estos fines de ciclos como aprendizaje y posibilidad de abrir nuevos caminos. El discurrir vital no es parejo y sostenido. Así como la naturaleza se mueve por medio de ciclos, también lo hacemos nosotros.

Evolutivamente transitamos por distintas etapas, donde, si psíquicamente las acompañamos, experimentaremos distintas necesidades, distintas emociones. Nos motivarán, quizás, distintas cosas. Por eso, el cierre de ciclos es tan importante.
Si no aceptamos estos tránsitos lo que ocurre es que nos aferramos. Impedimos pasar a otro período, muchas veces ignorando aquello que ya no nos hace bien, o desoyendo los nuevos impulsos y necesidades que se nos presentan.

Y, como dice la popular canción de Gustavo Cerati: ”poder decir adiós, es crecer.” Y más allá de las simplezas o lugares comunes con los que se asocian estas frases, es parte esencial de la vida aceptar el final de una etapa vital, de una amistad, de una relación, de un trabajo, de un proyecto, de un estado anímico…

Lo que nos motivaba en una etapa vital, puede no hacerlo tiempo después. Cambiamos constantemente y, a veces, asimilamos o aprendemos lo que necesitábamos para luego pasar a otra fase, a otro lugar. Detectar esos pequeños ciclos dentro de nuestra experiencia es lo que nos permite avanzar.

Aceptar los cierres de ciclo es permitir el cambio y dar lugar a lo que vendrá. La terapia en gran medida es esto, otorgar el espacio para resolver cuestiones pasadas y presentes que impiden avanzar.
Es el humilde gesto frente a la inmensidad del Inconciente que nos permite, por lo menos, un mínimo grado de elección y libertad.

Es la posibilidad de ver y concientizar aquello que de otro modo repetimos incesantemente.
Y, por supuesto, hay infinidad de cuestiones que seguiremos repitiendo, pero al menos una pequeña parte sale a la luz y se nos permite hacer algo distinto con eso.

De esto se trata en gran medida la psicología, hay posiciones que adoptamos, discursos que nos fijan y acciones que hacemos que responden a algo más, algo que no está presente, que ocupó un lugar y que sigue siendo la causa de nuestras reiteraciones y pesares.

La terapia es una forma de hacer las despedidas y separaciones necesarias para poder afianzar lo que sea que queramos como individuos.

Nos ayuda a dejar algo atrás. A enfrentar la soledad del cierre, del camino propio, de la identidad. Nos acompaña transitando la incertidumbre, el vacío, lo indecible, y lo que nunca entenderemos de nosotros mismos, de los otros y del mundo.

Decir adiós, cerrar la puerta, es difícil porque nos confronta con el aislamiento. Es el riesgo de dejar ir y quedarse solos. El temor de cruzar el puente o pasar un umbral siendo que no sabemos bien lo que habrá del otro lado.

Pero básicamente, en ese riesgo se encuentran todas las posibilidades que tenemos de enfrentar con un mayor o menor grado de valentía, esto que es la vida, que es algo muy distinto a estar quietos en un mismo lugar conforme pasan los años.
Son desafíos, incógnitas y puntos de inflexión que se nos presentan para confrontarnos, ver qué hacemos con ellos. Si huimos, saltamos o nos quedamos sentados.

Aceptar los finales, hacer los duelos pertinentes, y decir adiós es, paradójicamente, lo que prepara la llegada de lo nuevo, el cambio, la diferencia. Aquello que se separa de lo vivido hasta el momento y que tiene la potencialidad de transformar todo lo que creemos saber.

 

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