Psicología
Inicio Psicoanálisis Confesión y Psicoanálisis

Confesión y Psicoanálisis

Publicado por Betina Ganim

analista garante

En el post anterior comencé a comentarles la hupótesis que nos plantea Jacques Alain Miller en su Curso «Sutilezas analíticas»: que existen diferentes modalidades de psicoanálisis. El argumenta precisamente tres:

1) El análisis que comienza;

2) El análisis que perdura; y

3) El análisis que se detiene o termina.

Y además resalta que el analista tendrá una modalidad diferente de intervenir, de operar, según sea el modo de análisis en cuestión.

Decimos, con Miller, que un análisis empieza con una modalidad de formalización, porque aún lo que carece de forma tiene su propia morfología. No se trata de que lo implícito pasa a hacerse explícito; sino que se opera una transformación total, ya que se pasa de lo que no tiene forma a una forma particular. En cada sesión se va dibujando eso amorfo, se le va dando diferentes perspectivas, distintas ópticas, etc. Si tomamos los nudos, en su configuración, tenemos ahí un ejemplo muy cercano de lo que está en juego: tienen la misma estructura, pero según como se tire de las cuerdas que los representan, se obtendrán diferentes formas.

Lo que ocurre aquí es algo muy realista: durante las primeras sesiones es como si «la masa mental de lo amorfo» se va distribuyendo en los diferentes elementos del discurso. El solo hecho de convocar a quien viene a vernos, a hablar, eso ya hace que lo amorfo mental tenga una estructura de lenguaje. A eso apostamos siempre. No solo tiene que ver con el poder catártico de la palabra, con la «limpieza de la chimenea». Se trata de ubicar eso sin forma en una estructura discursiva particular, singular, propia de cada quien. Fíjense que cuando esto no ocurre, resulta cuanto menos, inquietante.

Lo que surge de esto, lo que se dibuja a partir de aquí, dice Miller, tiene que ver con el destinatario. Nos da entonces el ejemplo de grandes escritores del siglo XIX y comienzos del siglo XX, como Joyce o incluso Virginia Woolf, quienes intentaban escribir lo que fluía de sus consciencias, eso amorfo mental que plasmaban en la escritura, y clasifica estas cuestiones dentro de la invención de Freud, que fue nada más y nada menos que dotar de forma literaria eso «amorfo mental». En este ejemplo que nos trae Miller en relación al destinatario tenemos claro que había una preocupación por la armonía, la cadencia, la emoción, etc. al gusto de cada quien.

Otro ejemplo que nos trae Miller al respecto es el católico, quien destina eso amorfo mental a un dispositivo como es el de la confesión. Estamos hablando entonces del goce como culpable, ese goce que al confesarse, delimita el pecado…

Foucault mismo había dicho que el psicoanálisis procedía de la práctica de la confesión, cosa que Miller considera históricamente como una tontería, pero que lógicamente podríamos pensarlo…

Solo que lo que la orientación del psicoanálisis se diferencia de la confesión en tanto el Psicoanálisis no es prescriptivo. No se trata en psicoanálisis de medir grados o niveles de pecados y culpabilidades, sino que por el contrario, invita al otro a decir todo lo que se le pasa por la cabeza, sin restricciones. Se invita al otro a confiar en el acontecimiento del pensamiento y en el acontecimiento del cuerpo.

FUENTE: MILLER, JACQUES ALAIN. «SUTILEZAS ANALÍTICAS» ED. PAIDÓS.