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El padre y el maestro

Publicado por Betina Ganim


El post pasado empecé a comentarles el texto freudiano de 1914, «Psicología del colegial»; un texto no muy conocido de Freud, pero no por eso menos importante, por supuesto.

Allí habla de sus años como estudiante del instituto, específicamente de los 10 a los 18 años, de esa época en su vida.

Empieza hablando de esa relación ambivalente que mantenía -tanto él como sus compañeros- con sus profesores. Y comenta que tal vez se preocupaban demasiado por sus personalidades, más que de la transmisión que hacían en tanto docentes.

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Así empieza Freud. Y continúa diciendo que es en esa época temprana de la vida de una persona, en la temprana infancia -tal como nos enseña el psicoanálisis- que aparecen esas actitudes afectivas tan importantes para el comportamiento posterior de una persona. Freud nos comunica y recuerda en este texto que ya antes de los seis años de edad se constituyen lazos afectivos que quedan fijados y repercuten en las relaciones posteriores de un sujeto con los otros, de uno y otro sexo. Esto ya quedará fijado, dice Freud, será una marca.

Esas relaciones con padres y hermanos, la tonalidad afectiva en la que cada uno d estos lazos se constituya, se repetirá con los demás y en épocas ulteriores. Esos otros, de esta manera, funcionarán como sustitutos de esos primeros objetos. Esos vínculos posteriores serán parte de una serie, cuyo modelo está en esos primeros destinatarios de los afectos.

Ahora bien, de todas esas «imágenes» de la vida infantil -asevera Freud- ninguna es más importante que la del padre. Y para sostener esta hipótesis recurre al mito de Edipo: el niño ama a su arde, lo admira, en tanto se le presenta al niño como la persona que tiene las mayores aptitudes, el más sabio, el más fuerte (siendo Dios la figura exaltada de la imago paterna) Pero esta relación caduca, o más bien, la tonalidad afectiva inherente queda trastocada. El padre es también una figura todopoderosa, pero en el sentido de que es el que puede ser capaz de perturbar con la misma intensidad, la vida psíquica infantil: el mayor prohibidor.

Así no solo es el modelo a imitar, sino que también se lo quiere destruir para ocupar su propio sito. Y las tendencias de amor y odio conviven, sin que se logre superar la una o la otra. Esto es lo que Freud llama «ambivalencia afectiva».

Ya en la segunda mitad de la vida infantil, se pone en preparación un cambio en esta relación. Al comprobar que el padre no es esa imagen todopoderosa, facilita el abandono de esa primitiva relación con esa primer imagen idealizada del padre.

Y es en esta etapa que aparece la figura del maestro, del profesor, aquel que ocupará el lugar de la imagen paterna idealizada. Como dice Freud, los «sustitutos del padre». De ahí esa ambivalencia afectiva hacia los profesores (de las que les hablé el post anterior)

Termina Freud diciendo que nada de la relación con los profesores, nada de esos afectos que despierta esa relación, podría ser entendido sin hacer referencia al hogar paterno y a los años de la temprana infancia.

FUENTE: FREUD,S . «Psicología del colegial» 1914. Obras Completas

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