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Histeria, hombre y padre

Publicado por Betina Ganim


Retomando uno de los posts anteriores de esta misma semana, en relación a la histeria y el Padre, podemos decir que Jacques Lacan rescata esa nota agregada por Freud en 1923 en la que asume un «error técnico» en el tratamiento del caso Dora (que tuvo como efecto el abandono de parte de Dora de su tratamiento) y en el Escrito «Intervención sobre la transferencia» se pregunta sobre qué camino tomar a partir de esa rectificación freudiana. Al instante se responde que hay que creerle a Freud, intentando captar lo que de allí se desprende.

Por otro lado, sin embargo, no se queda en seguir a Freud, sino que considera que si Freud tardó tantos años en hacer tal rectificación es porque tenía un prejuicio sobre del tema: que la mujer es para el hombre como el hilo para la aguja. Podemos decir, el prejuicio de la complementariedad de los sexos…

¿En qué Lacan no sigue a Freud? Justamente en eso, en ese prejuicio, ya que lo que estaba en aquel caso en juego no era la relación de su paciente con el hombre, sino lo que el misterio de la feminidad implicaba para ella. Y esto ubicado en la Sra K (mujer del hombre por el cual Freud suponía que ella se interesaba, y a la vez amante de su padre, relación de la cual Dora era cómplice)

El objeto de Dora no era entonces el Sr K, sino ella, la Sra K. Entonces, en ese escrito lacanianao se puede desprender la crítica que Lacan le hace Freud: en que todo el tema de la sustitución del padre por el hombre le había impedido a Freud darle importancia a esa relación con la Sra K.

Para Lacan, es justamente la mujer, la función de la Otra mujer, un elemento clave en el deseo de la histérica.

Es en esa misma crítica que Lacan termina con la teorización de la histeria y del síntoma histérico, modulados bajo el formato de una pregunta y en una estructura claramente triangular. Un triángulo cuyo vértice principal es el que conforma la pregunta por la Otra, el misterio que encierra para una mujer, Otra mujer.

Lacan aclara que esto no se da sin pasar, sin hacer el rodeo por el hombre, por el falo, podemos decir. Se identifica al hombre (identificación al padre por la que la niña entra en el Edipo) pero su objeto de deseo no está ubicado ahí, sino en aquel vértice enigmático; el vértice que encierra la pregunta que verdaderamente cuestiona a la histérica: ¿qué es una mujer?

El papel que se le asigna entonces al hombre en esta estructura triangular, es la de representar el significante mediante el cual la histérica plantea su pregunta.

Luego Lacan retomará esta cuestión en el análisis que hace del Caso Dora, precisamente en el Seminario 4, La relación de objeto, complejizando la cuestión distinguiendo dos triángulos, uno de los cuales tiene al hombre (Sr K) como mediador, y al padre en el otro. Esta distinción lo llevará a Lacan a ubicar a Dora no en un solo triángulo, sino en dos.

FUENTE: Indart, J.C. y otros. «Histeria, triángulo, discurso, nudo»Ed. Vigencia.

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