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El arte de lo imposible

Publicado por Betina Ganim

En el post pasado les he hablado de esa pareja tan especial entre analizante y analista, de la asimetría de esos lugares, según lo que Lacan transmite en su escrito «La dirección de la cura y los principios de su poder»,de fines de los años ’50.

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Este texto tiene un efecto tal en el campo psicoanalítico que interviene en los principios que deben sostener la práctica analítica; esto es, por ejemplo, el lugar del analista en el dispositivo.

El lugar del analista en la transferencia es uno de los puntos fundamentales abordados, con lo que Lacan demuestra cómo la impotencia de sostener esa praxis auténticamente, lleva al ejercicio de un poder.

Esto dibuja una clara tensión entre los principios del poder que tiene la cura, y una cura dominada por el ejercicio del poder del analista sobre el analizante; es decir, el poder de la palabra (del analista) como marca de saber.

Lacan con este escrito, al contrario y para ratificar su posición, pone en el banquillo al analista, lo cuestiona en estos principios; él mismo se pone en el banquillo, interrogando los fundamentos de la acción analítica.

Esto puede plantearse como la cuestión política del texto, la ética, hacia dónde se dirige la acción del analista; y está claro que si se dirige a conducir algo, es conducir la cura según el deseo del paciente (no se trata de conducir al paciente según los ideales del analista de turno)

En este escrito,respecto de la táctica -la interpretación- Lacan plantea que el analista también debe pagar, debe pagar con su palabra, con la interpretación.

Y en cuanto a la estrategia -la transferencia- el analista paga con su persona, en tanto ésta debe quedar de lado, no debe operar la persona del analista allí donde sin embargo se lo convoca.

Y políticamente el analista paga con su juicio más íntimo, para dirigirse al «corazón del ser» del analizante.

Con esta trilogía (táctica, estrategia y política) que comanda la dirección de la cura, Lacan evoca a Von Clausewitz quien ceñía el fenómeno de la guerra como arte a «objetivos, táctica y estrategia». Un arte que está subordinado a la política.

El psicoanálisis es más bien un arte de lo imposible; implica un saber hacer con lo imposible, que nos atraviesa en tato somos seres parlantes; cuerpos marcados por la palabra.

La política de la praxis analítica es el deseo, el analista dirige la cura regido por la lógica del deseo, ubicándose él mismo como falta en ser, de la que el deseo es su metonimia. Allí opera.

Cuando decimos que el analista opera con su falta en ser, quiere decir que opera con esa falta en relación con el deseo elevado a una función, que Lacan llamó «deseo del analista». En este sentido entendemos que nos e trata de «querer ser analista» o «querer analizar a todos».

Ya sabemos que el psicoanálisis no es «para todos», solo para aquellos que tengan algún deseo de saber, y puedan soportar que eso no les dará La Verdad, sino una verdad que no es toda y con la que hay que arreglárselas con lo más singular de cada uno.

FUENTE: «Las estrategias de la transferencia en psicoanálisis»

Categorías: Psicoanálisis